21 jun. 2011

Ebook de Vamurta a la venta.

 Nota del 20 de enero de 2013: La editorial Ajec ha cerrado. Si quieres el ebook de Antigua Vamurta-1, la mejor saga de fantasía de los últimos años, dejo aquí el enlace de compra a 0,89 €, menos que un café. Se trata de un libro electrónico que yo mismo he subido a Amazon.

+ Antigua Vamurta, Volumen 1, Amazon España.

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Si quieres comprar el ebook de fantasía y aventuras de la SAGA COMPLETA, pincha en este enlace:
 
ANTIGUA VAMURTA SAGA COMPLETA.

O cómo comprar y descargar el libro de Vamurta.
Ya está a la venta el ebook de Antigua Vamurta en Ficcion Books, el nuevo portal de libros electrónicos de grupo AJEC. Para acceder, hay que pinchar en el siguiente enlace:

El libro sale a un precio plausible, por el momento. Ya veremos qué sucede en el futuro con esos 3,95 euros (también en dólares y libras).
La presentación del libro es absolutamente espartana. Sólo texto, sin imágenes, sin arabescos. Con un cuerpo de letra grande para facilitar su lectura en pantalla. Esto se ha hecho así para que el archivo pese lo menos posible.
Y hablando de archivos, al bajártelo te lo dan en dos opciones: pdf, que lo tenemos todos, y en ePub, cuyo programa es gratuito en Internet. OS RECOMIENDO descargar el programa gratuito para leer la novela en ePUB, es una maravilla este programa.

Antigua Vamurta se encuadra en la colección “Excálibur Fantástica” de la editorial, la mejor fantasía épica en castellano.

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Y ahora que está a la venta, empiezan mis miedos. Ya diréis los que optéis por compraros el libro. Si estoy en disposición de pedir algo, pediría opiniones sinceras. Estoy seguro de que habrá cosas que os gustarán y otras no.
Diciendo lo que pensáis me haríais un gran favor, mejorar.

Gracias a todos,
Igor.


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19 jun. 2011

Portada emocional para Vamurta

Una portada para un libro de género fantástico que nada entre muchos mares; el épico, el histórico, el fantástico, hasta cabría el terror en alguno de sus pasajes. El diseño es obra de David Prieto. Escritor de Salamanca, autor de la saga “Urnas de Jade”. Os dejo su enlace (http://drashur.blogspot.com/). Un tipo que, me parece, es incapaz de estarse quieto en la silla.

La portada es de carácter simbólico, más emocional que descriptiva. Entre otras razones, se pensó en seguir este camino porque no sabíamos qué destacar por encima del resto.

Creo que el diseño de la portada cumple su función: ser una señal que a la vez genera una pregunta, ¿qué hay detrás de ese sol que emerge, de esa ciudad sobrevolada por golondrinas? No es una de aquellas portadas espectaculares, cuyas imágenes te deslumbran. Pero en cambio, si la ves pasar dos veces… A mí me encanta, creo que Mr. Prieto ha hecho un trabajo fino.

En muy poco tiempo, las respuestas estarán al alcance de un par de clicks. El ebook de la editorial AJEC ya está en las nubes.
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Y por si queréis comprar el mejor ebook épico de los últimos 50 años, os dejo el enlace: Ficcion Books

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18 jun. 2011

Una sinopsis más o menos


Cuando te piden que hagas una sinopsis para un libro que tú mismo has escrito, te preguntas, «¿y ahora qué digo?», y sobre todo, «qué no digo». Escribí una, dos, tres. Hasta que Susana Eevee, novelista y correctora, a quien he pedido consejo en diversas ocasiones, me dijo algo así como «Igor, la sinopsis sirve para explicarse». Por suerte, siempre hay gente que sabe más, que desenredan madejas hasta dejar sobre la mesa un hilo claro, evidente. Así que con la ayuda de la autora de Dos Coronas, escribí una sinopsis.

libros electrónicos


Sinopsis


El devastador asedio a Vamurta, la capital de los hombres grises, lo cambiará todo para siempre. La caída de la ciudad se narrará como un suceso épico y descarnado. Vamurta agoniza esquilmada por la barbarie, y sus habitantes emprenden una huida por mar, que los llevará a los lejanos puertos de las colonias. Para muchos de ellos, comienza una epopeya hacia tierras inhóspitas, hacia parajes extraños aún por descubrir.

Serlan de Enroc, el más poderoso de los hombres grises, se convierte en un fugitivo. Pronto deberá enfrentarse a un viaje impredecible. A una vida dura, cincelada por las manos de los dioses y el azar. A una epopeya que mostrará su verdadero rostro, sus dudas, su coraje.

Tres mujeres trazarán el destino de Serlan, y en ellas hallará el amor, los anhelos y las fuerzas perdidas para encontrar su lugar en el mundo. Un mundo donde las luchas por el dominio territorial se recrudecen en una guerra intermitente entre civilizaciones, marcada por la fragilidad de las alianzas.

La leyenda vuelve a ser escrita a golpe de acero y fuego.

Se hace extraño publicar. Está claro que es una gran suerte. Aunque a veces recuerdo a Punset que decía que la felicidad se encuentra en la antesala. Quién sabe, hasta Punset puede equivocarse.

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17 jun. 2011

Ebooks mejor fantasía, Vamurta

Capítulo 3
(9º fragmento y último)
El primer libro de Antigua Vamurta es una novela de 29 capítulos.
La saga se compone de dos libros, el primero publicado por Grupo Ajec.

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Hoplita de Vamurta, by Igor.

  El capitán ya podía distinguir las manchas de los rostros entre el enjambre enemigo, borrosas entre el polvo, las líneas de las lanzas y las puntas de las jabalinas. Aún pudo observar cómo todo el flanco izquierdo murriano se descolgaba y tomaba la dirección del río a la vez que la vanguardia enemiga ya casi tocaba las murallas. Al mismo tiempo, los jinetes de Ulak frenaban su avance, quedándose lejos de los muros, lejos de los arqueros grises. El centro del enemigo seguía marchando a paso vivo, levantando la tierra con sus pezuñas hendidas. Las primeras filas llegaban aullando, lanzando sus venablos para después retirarse a toda velocidad. Muchos proyectiles no llegaron a volar por encima de los muros y caían ruidosamente al suelo, mientras que los que alcanzaban la ciudad llegaban con poca fuerza y solo hirieron a dos soldados.


  La vanguardia murriana se replegó, volviendo sobre sus pasos para reagruparse en gran número. Animados por la falta de respuesta del enemigo, volvieron a atacar con mayor empuje. Avanzaron tanto que llegaron hasta las bases de las murallas y a encaramarse sobre los escombros de la brecha. Este movimiento permitió a los arqueros murrianos acercarse más y formar a poca distancia de las falanges. Eran todos los arqueros, cientos de ellos agrupados en cuadros de cincuenta. Mientras los infantes lanzaban sus dardos, los arqueros murrianos pudieron tensar las cuerdas de sus armas. Se escuchó como un gran soplo y por unos instantes las flechas de los murrianos mancharon el cielo. La sombra del enjambre que se levantó delante de los hombres grises descendió como una avalancha sobre sus cabezas.
  —¡Esperad! —aún pudo ordenar el capitán a los arqueros.
  Las flechas murrianas impactaron en un incesante repicar de puntas de hierro contra las armaduras y sobre los escudos de la infantería. Se oyeron gritos, chasquidos. Veinte o treinta hombres se desplomaron, rodando con estrépito sobre el suelo. Siguieron las maldiciones de muchos heridos en el pie, algunos en el hombro.
  La voz del capitán se alzó por encima de los lamentos de los heridos y el trote de los centenares de murrianos que volvían a retroceder.
  —¡Lanzad!
  Los arqueros grises, que se habían escudado detrás de las almenas, sacaron sus saetas, se incorporaron a la vez y apuntaron hacia abajo. El zumbar de las flechas sorprendió a muchos murrianos que aún volvían a sus posiciones. Los arqueros grises vaciaban sus aljabas, disparando una y otra vez.
  La primera oleada se había deshecho. Los hombres de Gofreu seguían lanzando como poseídos hasta que, rehechos de la sorpresa, los arqueros murrianos fijaron un nuevo objetivo: las almenas de Vamurta. Una lluvia de proyectiles cayó sobre los muros, y los arqueros de la ciudad, más por instinto que por órdenes, respondieron.
  Casi vaciadas las aljabas que colgaban de sus muslos, los defensores de Vamurta dejaron de disparar y se agazaparon detrás de la muralla. En ese momento, un cierto silencio se extendió en asediados y asediadores. Los campos quedaron cubiertos de muertos y murrianos heridos, que chillaban emitiendo extraños sonidos, agudos, reclamando a los suyos. Algunos se quedaban quietos, otros se arrastraban hacia sus propias líneas.
  Gofreu aprovechó la pausa para ir a preguntar al capitán si era necesario rematar desde arriba a los heridos, pero este se negó por la escasez de flechas.
  —Si quieren, que los vengan a buscar. Y si se acercan, ya saben que los esperamos con el arco tenso —concluyó Álvaro.

  Los murrianos volvían atrás, lejos del alcance de los defensores. Se habían concentrado otra vez, esperando, quietos, como si meditaran qué habían hecho mal.
  Debieron encontrar la respuesta con prontitud ya que, poco después, empezaron a desplegar señales de bandera que obtenían respuesta de otras. Estandartes y enseñas se agitaban en el campo enemigo, comunicándose, haciendo que las unidades cambiaran su posición. La infantería se retiró de la primera línea, dejando paso a hileras y más hileras de arqueros de brazos delgados y ásperos.
  El aire cálido del mediodía osciló, violentado por el resonar de las trompetas murrianas. Algunos hombres grises sintieron un escalofrío al escuchar esas notas estridentes, capaces de hacer temblar la roca de un acantilado. Las huestes enemigas empezaron a entonar una extraña canción, que a muchos no les pareció una canción de guerra, por ser alegre y triste a la vez. Los defensores recordaron otras canciones, canciones de despedida. El vacío entre los dos ejércitos se llenó de esa música extranjera, casi bonita, mientras los arqueros murrianos clavaban grandes escudos en tierra, altos como un hombre, que eran apuntalados con grandes estacas. Poco a poco fueron trazando un semicírculo frente a la grieta de las derruidas murallas de Vamurta. Otra muralla.

  El veguer subió encima de los muros con un ímpetu impropio de sus cabellos plateados, seguido por tres de sus hombres. Fue a encontrar al capitán de la plaza, que había vuelto a las alturas, preocupado por el cambio de estrategia del enemigo.
  —Debéis reordenar a los arqueros… —Se paró para coger aire—. Decidles que se concentren en lo que nos van a lanzar... Que olviden los arqueros murrianos, no les haremos daño...
  —¡Ya habéis oído! —gritó el capitán, dirigiéndose a los arqueros agazapados.
  —Deberíais bajar, dirigir las falanges a ras de suelo —sugirió el veguer, ahora muy tenso—. Atacarán ya, o lanzan la infantería o nos lanzan los jinetes... Qué más da.
  —Han hecho avanzar a los arcabuceros. Los tienen agrupados detrás de los jinetes de Ulak. Quizás quieran abatirnos situándolos frente al agujero, no lo sé —observó Álvaro atropelladamente—. Más me preocupa lo que guardan más atrás, veguer.
  El capitán señaló el horizonte. Se vislumbraban unas manchas que se desplazaban más allá de la capacidad de visión de un hombre gris.
  —Infantería pesada o... —dijo el veguer dudando—, o Reinas.


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16 jun. 2011

Novelas fantásticas, Vamurta

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Capítulo 3
(8º fragmento y penúltimo del relato del avance de la novela de fantasía Vamurta.)
La saga completa está disponible en Amazon. También puedes descargarte gratis en epub, pdf, kindle o mobi la novela fantástica de Vamurta dividida en seis partes. Enlace a la primera parte de seis, gratis:
Guerras de Antigua Vamurta Vol 1
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El rumor del avance enemigo iba ganando en intensidad. Se separaron con un fuerte apretón de manos. El capitán Álvaro se encaramó otra vez a la muralla, poblada de arqueros. Las palabras del veguer le habían entristecido y a la vez le habían descargado la conciencia. «Ahora tenemos un plan de batalla —se dijo—, y luz en esta hora incierta.»
  A su derecha, lo que había sido la Torre de Oriente no era más que un montón de escombros. Miró hacia el oeste. Bajo el sol del mediodía las huestes enemigas habían dejado de avanzar, esperando. Álvaro habló con los arqueros, que toqueteaban la madera de sus arcos con nerviosismo. Toda la potencia de los murrianos se desplegaba a sus pies, el rugir del enemigo empezaba a oírse con claridad. Vio a muchos hombres sudando, las frentes chorreantes bajo el peso de los cascos, las manos temblorosas.
  —¡Esperad a mi señal! ¡No lancéis hasta haberme oído! ¡El que no tenga la mano lo bastante firme, la perderá! —gritó el capitán con fiereza, consciente de la importancia de disparar en bloque sobre un blanco cercano.
  Avanzó apartando a los hombres hasta encontrar al oficial de los arqueros, Gofreu. Aquel hombre mayor, pasados ya los cuarenta años, lo miraba sin entusiasmo. Sus ojos pequeños y verdes, sobre un grueso bigote que bajaba hasta la mandíbula, parecían inmutables.
  —Gofreu, ¡los tenemos encima! —El capitán pronunció aquella frase como un escupitajo—. Una vez hayáis ordenado las dos primeras descargas, tendréis a los murrianos a tiro de lanza.
  —Cierto —contestó Gofreu.
  —Mantened a los hombres fríos. Haced que vuestros arqueros se concentren sobre blancos seguros. No perdáis flechas castigando a los grupos lejanos o en coberturas. ¡Quiero murrianos muertos sobre estas piedras! —exigió, señalando el pie de la muralla—. Disparad sobre los que se agrupen cerca de la brecha. Allí se van a amontonar, quiero que entren en la ciudad dispersados. ¿Lo habéis entendido?
  Mientras el capitán daba las instrucciones, se propagaba una especie de clamor creciente. Llegaban más voces, más ruidos.
  —Así lo había pensado, señor, pero vamos a perder hombres aquí arriba si dejamos muy tranquilos a los arqueros murrianos —respondió alargando cada una de las palabras que pronunciaba—. Aunque ahora no es el mejor momento para matices...
  El capitán miró hacia el valle. Frente a la ciudad se levantaban nubes de polvo por doquier, a medida que la gran masa del enemigo cubría el verde de las huertas y el amarillo viejo de los campos de trigo. El aire se llenó de un estrépito ensordecedor, como si un alud de piedras se desplomara desde algún risco.
  Los hombres que defendían la muralla parecían hipnotizados, dominados por aquel súbito rugir. El capitán, repuesto de la primera impresión, se giró con violencia. No oía los tambores.
  —¡Haced sonar los tambores! —gritó a los de abajo.
  Mientras descendía de la muralla, oyó un tímido repicar, como si un murmullo llegara de un valle remoto. Luego escuchó otros tambores que se sumaban a los primeros. Por fin las falanges hacían oír su voz con fuerza, despertando a los guerreros, rompiendo el miedo que el rápido avance de los murrianos estaba provocando entre la tropa.

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Ebooks literatura fantástica

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Antigua Vamurta – Saga Completa está ya a la venta en Amazon en formato ebook y en papel (tapa blanda). Vamurta es puro género fantástico, una de las grandes novedades notables del 2013 en literatura fantástica. Y a su manera es una pequeña saga de fantasía. Es un relato de casi 800 páginas, un relato de aventuras, una historia épica, de amor y amistad. Aquí dejo un fragmento. Bajo la etiqueta de "La Novela" encontraréis en este mismo blog de literatura fantástica otros fragmentos para ir degustando el libro que podíes comprar en Amazon.

Capítulo 3
(7º fragmento)

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  El veguer se quedó meditabundo, observando a los soldados que terminaban sus rondas de vino e iban formando de nuevo.
  —Ninguna sugerencia. No creo que haya otra forma de situar a los hombres. Solo una cosa. ¿Qué pensáis hacer si estos salvajes sobrepasan nuestras líneas?
  —Llevar las tropas hasta la ciudadela —contestó con el semblante serio—. Resistir a ultranza.
  Los dos hombres se miraron unos segundos. El veguer, con sus dos manos, cogió por el brazo al capitán.
  —No tenéis nada que hacer encerrándoos en la ciudadela. Alargar vuestra suerte, a lo sumo —dijo endulzando su voz áspera—. Nada que hacer. La única esperanza es rechazar el ataque aquí, en la brecha.
  —¿Habéis visto lo qué hay ahí fuera?
  —Lo sé. Y además, es seguro que nadie vendrá en vuestra ayuda. No, estaréis solo. Completamente solo.
  —Necesitamos de los recios muros de la ciudadela. Seremos unos pocos. Ya he ordenado el acopio de víveres —contestó el capitán.
  —Recordad, amigo mío. Por el bien de los que sobrevivan y de vuestra propia suerte. Recordad mis palabras. Si los murrianos nos pasan por encima, si rompen las defensas por algún punto, agrupad a todos los soldados que podáis y marchad hacia el puerto. Recordad, somos las piedras que frenan la crecida del río que nos llega, una vez hayan...
  —¿Y los hombres, las mujeres, los niños que queden en la ciudad? —cortó Álvaro, mirando con fijeza el veguer.
  —Botín de guerra. No hay flota en este mundo que pueda evacuar una ciudad. Bien lo sabéis. Vuestro
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deber es ver más allá de nuestro horizonte —sentenció el veguer con frialdad, sosteniéndole la mirada.
  —¿Y vos? ¿Qué pensáis hacer cuando tengamos que recular? ¿Correr hacia los barcos?
  —Yo, capitán... Mirad. Hace tiempo que os vigilo. Siempre me ha sorprendido vuestra falta de ambición política. Seríais un cortesano nefasto, nunca os he visto entre los nobles, sí, pero sois un buen militar y de alguna manera la tropa os sigue. —El veguer lo miró con una expresión divertida—. Allí, al otro lado del mar, lejos de aquí, quizá un día alguien os necesite. Quizá os necesiten los que salgan vivos de todo esto.
  El capitán Álvaro lo miraba sorprendido y algo nervioso. El enemigo avanzaba paso a paso y aquel hombre le hablaba de lo hipotético, del día de mañana que ni los más poderosos dioses conocen.
  —Llevo unos días rumiando —prosiguió el veguer con calma—, sobre la mala hora que nos crucifica. He visto batallas como una gran red que se lleva a los hombres, he visto crecer este condado que amo... El hierro de mi espada ha cortado cuellos, muchos, y he visto morir a tantos… No creo que Vamurta pueda frenar esta crecida. Soy viejo y he perdido casa, mujer y dos hijos jóvenes. —Miraba, absorto, las llanuras del gran valle—. ¡Capitán! Es poco lo que me ata a este mundo. Escuchad, reagruparé a los hombres más viejos y a los más desesperados si el enemigo nos supera. ¡No digáis nada! Cubriré vuestra retirada.
  Ninguno de los dos habló durante unos instantes. Ya no había tiempo para más. El capitán recordó al Heredero, pero el veguer no sabía gran cosa.
  —Dicen que agoniza en su cama. No debéis contar con su lanza. A pesar de que su sola presencia espolearía a los hombres.

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15 jun. 2011

Ebook fantasía épica, Vamurta

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Puedes descargar este ebook de fantasía épica, comprar y leer Antigua Vamurta - Saga Completa (Volumen 1 y 2) en formato ebook kindle a precio reducido, 800 páginas por el precio de un kilo de manzanas.También puedes descargar gratis el avance editorial en PDF aquí: Descargar gratis en PDF 5 capítulos de Antigua Vamurta (descarga directa sin tener que registrarse)

- Amazon España: Antigua Vamurta - Saga, en Amazon España.
- Amazon.com: Antigua Vamurta Saga, en Amazon.com
 Capítulo 3
(6º fragmento)

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   El capitán Álvaro seguía animando a sus soldados y bebiendo pequeños sorbos de vino cuando apareció, resoplando, uno de los ballesteros que habían mandado hacer de centinela.
   —Señor, avanzan.
   El capitán salió corriendo de la formación hasta llegar a la brecha. Se encaramó sobre los sillares caídos de la muralla hasta estar lo bastante elevado para ver gran parte del valle. Así era, se podía observar algún movimiento en las huestes dispuestas frente a la ciudad, pero no podía saber de qué se trataba. Buscó la escalera de caracol que ascendía hasta las almenas de los muros. Pasó entre los pocos arqueros que había ahí dispuestos, y sacó la cabeza entre los dientes de la muralla con prudencia, consciente de la amenaza de las culebrinas. Un viento suave surcaba el aire.
   Bajo el cielo matinal, cruzado por estrechas colas de nubes, una masa de manchas ocres avanzaba lentamente. Localizó a la infantería ligera en el centro, tres cuadros avanzados al cuerpo de ejército. Detrás los seguían grupos de arqueros y más atrás tropas que no logró identificar. En medio de estos dos grandes grupos, los murrianos habían situado las ocho torres de asalto que se balanceaban, cada una movida por filas de decenas de bueyes. Por el flanco derecho avanzaban los jinetes de Ulak, formando un inmenso triángulo, medio oculto bajo la nube del polvo que levantaban las pezuñas de los ciervos de combate. El capitán se extrañó al detectar por el flanco izquierdo grupos de infantería y arqueros que formaban un grupo autónomo, desligado del cuerpo principal. También notó que habían dejado los arcabuceros muy atrás. Demasiado lentos para un ataque ágil. Las bombardas iban siendo desmontadas y cargadas sobre las espaldas de los grandes rinocerontes, y también se retiraban las filas de culebrinas que habían martilleado la parte alta de la muralla. La infantería que protegía las armas de fuego se replegaba, dejando espacio para el paso de los que llegaban desde atrás.
   El capitán se rascaba la barba, cavilando qué era lo que pretendía el enemigo. Estuvo un buen rato mirando, parapetado detrás de una almena, concentrado en sus divagaciones. Sacó una caña de tabaco de debajo de su coraza y la encendió. Desde arriba ordenó que los arqueros se desplegaran detrás de los dientes de la muralla junto con algunos infantes armados de lanzas. Mientras fumaba iba perdiendo la tensión que no le dejaba entender la maniobra de los murrianos. Era muy clásica. Dio otra calada a la caña. Había un ataque directo, por el centro. Se intentaría asaltar la muralla y a la vez entrar a la ciudad por la brecha. Además, el flanco izquierdo del enemigo buscaría un ataque secundario por algún punto mal defendido, más al sur, que le obligaría a prescindir de algunos de sus hombres.
   Se incorporó de un salto y bajó las escaleras de la muralla de dos en dos, pasó por delante de las falanges y llegó hasta las calles donde aguardaban las tropas irregulares. Habló con los oficiales y les ordenó seguir el flanco izquierdo del enemigo, marchando hacia el sector del río, con la orden de no enrocarse en ninguna posición hasta estar bien seguros del punto de penetración del enemigo. Les asignó dos brigadas de ballesteros, reduciendo de esta forma los efectivos que defendían la brecha. Hecho esto, volvió con sus soldados. Mandó traer vino para todos. La iniciativa fue recibida con vítores.
   Mientras la tropa bebía, el ejército murriano se acercaba lentamente. El capitán creyó que era el momento de ir al encuentro del veguer de la Marca Sur. Lo encontró plantado delante de la brecha, con las manos enlazadas a la espalda. Parecía bastante tranquilo, como si nada indicara que estaba a punto de desencadenarse un combate atroz. Bajo la visera del casco, las dos gotas de sus ojos oscuros eran las de un hombre sereno. El veguer se giró al oírlo llegar. Su boca trazó una mueca fatigada.
   —Capitán, llegan los días de los valientes —dijo con resignación.
   —Veguer, cualquiera pensaría que estáis a punto de salir por ahí —contestó, señalando los campos donde avanzaba el enemigo—, a dar un paseo.
   —Un largo paseo, sí —repuso, sin que su rostro expresara nada.
   —He dispuesto a los arqueros sobre la muralla y he dejado los ballesteros que me quedan sobre esta ruina —explicó, mirando las casas derruidas que estaban a sus espaldas—. Los primeros murrianos que asomen la cabeza por aquí, ni tan siquiera podrán alzar sus lanzas. Para la segunda ola haré avanzar las falanges hasta estar casi encima de la brecha. Y para lo que venga después... Esperemos el favor de los dioses. ¿Tenéis alguna sugerencia?
la mejor fantasía epica

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14 jun. 2011

Relatos Fantásticos, Vamurta


El mundo de Antigua Vamurta se compone de 2 novelas y un puñado de relatos fantásticos que profundizan en este universo épico, dramático y aventurero.


Capítulo 3
(5º fragmento)

literatura fantastica

El veguer de la Marca Sur, rodeado de su guardia y alguno de los pequeños nobles que habían sobrevivido a los primeros meses de guerra, escrutaba el estado del cielo, a la derecha de las falanges, donde había sido asignado. Con una línea de edificios detrás, la alta muralla de Vamurta enfrente y una estrecha calle para escapar a su izquierda, los hombres del veguer estaban demasiado apelotonados. Perdido en sus amargos pensamientos, la arenga del capitán de la plaza le parecía cansina.
Poco a poco, una masa de nubes deshilachadas devoraba el tejido azul del cielo, entristeciendo en algo la mañana. El verguer miró a los hombres de su guardia, encajonados entre las fachadas. Algunos eran tan jóvenes que sus barbas eran de pelo corto y desordenado. Se fijó en uno de ellos. De piel de un gris intenso, su larga nariz aguileña dejaba levantado el protector nasal del casco. Bajo las pupilas negras de los ojos, las bolsas moradas de las ojeras delataban falta de sueño y un miedo que se transmitía a la rigidez de las facciones.
—Soldado, ¿qué harás cuándo hayamos enviado a estas bestias al otro lado de la Gran Puerta? —preguntó el veguer, forzando una sonrisa.
—¡Oh! No lo había pensado, señor. Querría, quizás, volver al sur... Donde está el hogar de mis padres. Pero esto parece difícil —contestó, dudando que sus palabras fueran acertadas—, esta invasión...
—¿Qué más?
—Bien señor, dejar la labranza... Podría encontrar oficio en los talleres, y entonces tener lo que se dice una casa, señor, una casa y una mujer.
Mientras decía esas palabras, el miedo se había esfumado de su rostro. Casi parecía un hombre corriente hablando entre los tenderetes de un mercado. El veguer se arrepintió de haber preguntado. Tomó conciencia, como si alguien lo hubiera zarandeado con brusquedad, de cuál era su deber.
La expresión de su rostro cobró firmeza. Ya no podría morir como quería, y así acabar con todo aquello que representaba. Un punto final. Aún quedaba el deber, pensó. Quizá valdría la pena morir por los suyos, retrasando aquella derrota escrita, cortar el bombeo que atormentaba su corazón. Hundir la espada en las carnes del enemigo y dar tiempo a otros. Tiempo. Y borrar así las sombras que retorcían y punzaban su soledad.
—Escuchad —dijo a su guardia y a los señores que lo rodeaban—, escuchadme y recordad. Cuando la lanza del enemigo me llegue, seguid luchando, pero no esperéis mucho en girar vuestras miradas hacia el puerto. Los barcos no esperarán hasta ver los estandartes de los murrianos cerca de sus velas. Yo tampoco lo haría. Luchad, cuando llegue el momento, deberéis desaparecer del campo de batalla y llegar a los muelles.
Sus hombres lo miraron como quien mira a un difunto, entre la lástima y la reverencia. No dijeron nada. Pasada la sorpresa, el castellano de Alcorás se dirigió a su señor.
—¿Creéis, entonces, que seremos derrotados?
—Así es —contestó mirándolo a los ojos.
Dicho esto, les dio la espalda, alejándose de sus guerreros, que se miraban entre ellos como esperando que alguien cambiara aquella predicción funesta. Volvía a sentirse extraño entre todos aquellos hombres cargados de hierro, cubiertos de placas. Hubiera querido estar en el salón de su fortaleza, oteando los campos desde las ventanas alargadas, recordando en paz a sus muertos.

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Libros épicos, Vamurta

Fragmento del libro épico de Antigua Vamurta. Los tres primeros capítulos de los 61 que componen la saga están publicados en este blog. El libro lo podéis comprar en Amazon.


guerras de antigua vamurta
 
Capítulo 3 de la Saga de Antigua Vamurta
(4º fragmento)


  El capitán Álvaro mordisqueaba un trozo de queso mientras observaba la gran brecha abierta en la muralla, sin entender muy bien la razón por la que los murrianos no se habían decidido a lanzar el asalto. De más de ochos cuerpos de ancho, por esa abertura de piedras humeantes podría pasar una compañía desfilando. Aquella mañana había cesado el bombardeo y por primera vez en muchos días podía pensar con una cierta claridad. Vivir unos instantes de sosiego. Había ordenado que dos ballesteros se encaramaran al viejo minarete de Tervas, erigido detrás de los muros, para vigilar los movimientos del enemigo. Calculaba que aquella misma tarde o antes, se produciría el ataque. Hasta el más joven de sus soldados lo podría predecir, se dijo a sí mismo.
  Miró a sus hombres como si no los conociera, como los miraría un viajero que está de paso. Un sentimiento de lástima brotó de su interior, sabiendo que muchos de ellos dejarían este mundo, quizá inútilmente. Entre sus filas, había valientes guerreros de los valles del condado, de espaldas anchas y bella piel gris, de cabellos rizados que surgían violentos debajo del casco, como si buscaran la luz del sol. Hombres y mujeres de las lejanas llanuras, tiempo atrás perdidas, que miraban la brecha con determinación, seguros de su fuerza.         
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novelas épicas  También había otros, más jóvenes, asustados bajo el peso del hierro de sus armaduras. Las falanges del condado, armadas de lanza larga y espada, protegidas por grandes escudos y coraza, seguían siendo una fuerza temible en un campo de batalla estrecho. Tendrían su oportunidad.
Reinaba un silencio cortante entre las filas de las siete falanges dispuestas detrás de las almenas, frente a la brecha, por donde el enemigo intentaría el asalto. El capitán Álvaro decidió arengar a los hombres; al menos sus palabras servirían para romper el tedio, la espera. Avanzó hasta situarse delante de las falanges, de espaldas a la brecha.
  —Soldados, la mala hora está ya cercana —dijo, alzando la voz—. Es probable que hoy o mañana dé comienzo el ataque. La suerte de nuestra ciudad y de los nuestros está decidida. ¡Onar nos protege!
  Nadie contestó. No se escuchó ningún grito de aprobación. La tropa solo escuchaba. Todos se habían girado para mirarlo, haciendo tintinear cientos de armas. La figura alta del capitán se mantenía erguida, expectante.
  —Sabéis que al enemigo le agrada luchar en campo abierto. Pronto tendrá que atravesar esta brecha — señaló el boquete en la muralla—, si quieren pisar las calles de Vamurta. Será una lucha cuerpo a cuerpo, no habrá sorpresas. Sus espadas contra las nuestras. Y es sobre estos muros derruidos donde podremos tomar venganza por todos los nuestros que han caído. ¡Venganza por los que han muerto!
  Nadie respondió. El capitán se sintió momentáneamente tocado, casi ridículo. Avanzó hacia el muro compacto de escudos que tenía delante, rompiéndolo. Vio que algunos soldados lo miraban con aprobación silenciosa. Se sintió algo más reconfortado. Empezó a comprobar los cordajes de un hombre, de otro, la espada de una guerrera, a centrar el casco ladeado de un soldado que sonreía. Los hombres hacían sitio a su oficial a medida que pasaba de fila en fila.
  —Recordad: en primer lugar nos lanzarán dardos, jabalinas, todo lo que tengan —decía a los que estaban más cerca—. Tened los escudos bien agarrados y levantadlos bien alto. —Alguien le ofreció un pellejo con vino para refrescarse. Álvaro pensó que, quizás, aún podrían resistir—. Cuando lleguen, cerrad bien las filas, hacedlas impenetrables. ¡Hombro con hombro! No retrocedáis hasta escuchar el aviso de las trompetas. —La tropa empezaba a murmurar, más animada.


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13 jun. 2011

Libros de fantasía, Vamurta

Tercer fragmento del tercer capítulo de la novela de fantasía Antigua Vamurta. Os recuerdo que los dos libros que componen esta historia entre la literatura fantástica y la literatura épica están a la venta en Google Play, Smashwords y Amazon en formato ebook y en papel. Precios populares para todos.

 
imagen del primer libro vamurta
Imagen del primer libro de Vamurta.

Capítulo 3
(3º fragmento)

las golondrinas de vamurta

  Las doncellas de palacio callaron al ver avanzar al Heredero, cojo, muy delgado, el color roto en el rostro de un hombre que ha perdido la fuerza, arrastrando su cuerpo y su gruesa cota sobre la que relucía la coraza bajo el resplandor de las velas, con ese aspecto horrible del convaleciente que ha decidido romper su reposo antes de tiempo.


  La Condesa Ermesenda lo esperaba sentada en el trono de madera negra. Una madera trabajada hasta no dejar ninguna superficie lisa, el trono donde antes había descansado su padre. Llevaba puesto el vestido de cuello alto reservado para los actos ceremoniales del condado, tejido con los mejores paños del continente, de un color entre el lila y los colores del atardecer, indefinido, con el escote redondo cosido con hilo de plata. Sobre su reverenciada testa flotaba su diadema de Onar, donde se habían engastado doce rubíes hexagonales, tallados hacía muchas generaciones, sobre oro blanco de los antiguos murrianos.
Miraba fijamente a su hijo sin que su semblante transluciera emoción alguna. De pómulos altos y mejillas hundidas, su rostro parecía hecho con un pergamino ajado por los años. La frente estrecha, sobre los pequeños ojos, era un amasijo de líneas entrecruzadas. Ermesenda era la imagen del poder hecha carne. Capaz de hundir con un leve movimiento al más poderoso noble de Vamurta si ella creía que así favorecía el camino del Heredero o su propio destino. Sabía que aquellos eran los días de la desesperanza, y su glacial inteligencia ya había trazado los últimos movimientos de aquellos que le eran más cercanos.
—Señora —saludó el Heredero haciendo una ligera reverencia.
—Esperaba a un enfermo y me encuentro frente a un soldado cojo —dijo, con una imperceptible sonrisa en sus delgados labios—. Un soldado cojo es como un lobo herido. Sabes que te puede morder pero también sabes que ya no puede huir.
  El silencio fue absoluto. Las damas contemplaban la escena con la fascinación de quien intuye que el instante es irrepetible. Los dos mayordomos armados que protegían a la Condesa seguían mirando el alto techo de la cúpula y ninguno de los consejeros que aún no habían huido, se atrevieron a moverse.
—Sabes que, a pesar de no salir de los muros de palacio, soy la mujer mejor informada de esta tierra. Te podría decir cuáles son las razones de la sorprendente desaparición de la esposa de Vitilba, cuáles fueron las ganancias del último viaje de los mercaderes del hierro o cuándo y cuál será el fin de este terrible asedio. Como también sé, y lo sé apenas mirando tu rostro sin sangre, que si vas a luchar al pie de la muralla, con esta herida en tu pierna, eres hombre muerto. Sencillamente porque no dejarás a tus hombres a su suerte y eso, querido hijo, quiere decir que nunca llegarás a los muelles, para escapar —concluyó con su tono de voz invariable.
—Entonces, señora, ¿cuál es vuestro criterio respecto a lo que tendría que hacer?
—Embarcar esta misma noche con rumbo a las nuevas tierras.
  Aquella sentencia dejó a los presentes con una expresión de incredulidad en el rostro. Los dos sacerdotes presentes hicieron un movimiento con las manos, como si quisieran exorcizar aquellas palabras. Nadie se había atrevido a predecir la derrota, y menos aún en voz alta. Uno de los vizcondes del Consejo se adelantó, a punto de hacer escuchar sus diplomáticas palabras. Con los murrianos en las puertas de la ciudad, casi todos los presentes habían trazado mentalmente sus rutas para desaparecer de Vamurta. El paso del tiempo los angustiaba, pues temían perder sus bienes, la vida, perderlo todo. Y al mismo tiempo todos temían embarcarse demasiado pronto y exponerse a las represalias de los supervivientes. Y en medio de esa contradicción, la Condesa pedía a su hijo que se embarcara inmediatamente.
—¿Queréis, señora, que vuestro único hijo sea recordado como aquel que faltó a su deber? ¿Justo cuando se le necesitaba? Tened por seguro que esta noche mi espada relucirá ante el enemigo.
  De nuevo se hizo el silencio. Ermesenda miraba a su hijo. Sabía que nada le podía dejar, además del recuerdo de la grandeza. Todos sus esfuerzos por asegurar la continuidad de su linaje habían resultado infructuosos, barridos por las huestes murrianas. Era el fracaso absoluto para alguien que tenía como deber supremo la transmisión del poder condal. ¿Sobreviviría su hijo? ¿Si emigraba, cómo sería recibido en las Colonias, en las que gobernaban aquellos que ella había desterrado? Lo veía errante, como el que intuye que pertenece a otro mundo... Su único hijo, su querido hijo, aquel que por madre tuvo una juez intratable. Los ojos oscuros de Ermesenda relampaguearon un instante.
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—Querría, hijo mío, que no buscaras la muerte, cuando esta es segura —dijo en un tono impropio de su persona, casi suplicante.
—Ningún hombre de honor abandonaría a los suyos en secreto —contestó Serlan con una firmeza que no admitía réplica—. Una traición amparada por la noche, abandonando a aquellos que le juraron fidelidad. ¡Y menos aún el hijo del conde! ¡Mi padre jamás lo habría aprobado!
—Tu padre colgaba a los murrianos en largas sogas hasta ver su carne podrida —dijo Ermesenda escupiendo su veneno—. ¡Los perseguía y los empalaba en los caminos en lugar de correr delante de sus lanzas como tú haces!
—¡Sí! Y es por eso que vuelven. Tanta crueldad, tanta sangre...
  Serlan hizo una pausa para tomar aire, excitado. El Heredero recordó aquella tarde de principios de verano, cuando aún no era ni un muchacho. Con su padre viajaron hasta la Sierra Rocavera, a siete días de camino de la capital. Recordaba la fatiga del viaje y el calor. Al pie de la sierra, los hombres grises habían empalado un murriano cada quince pasos hasta cerca de la cima, en una línea macabra de cuerpos que miraban a tierra, torcidos, como si quisieran abrazar o recoger algo. Caminaban senda arriba, siguiendo los restos de los vencidos. «Es el símbolo de la victoria sobre las bestias», había dicho su padre. Ahora volvían. Recordando a sus muertos y aquella humillación, llamando a la puerta a golpes, con puños de acero y voces teñidas de sangre.
  Serlan dio media vuelta y, sin decir nada más, se dirigió hacia el Patio de Armas.
—¡Detenedlo! —bramó su madre, desconcertada—. Puedo perder esta noche mi ciudad, pero no a mi hijo.
Y diciendo esto, hizo una señal con la mano. Con gran celeridad, los dos mayordomos alcanzaron al Heredero y lo apresaron por la espalda. Serlan echó mano a la espada, pero ya lo habían inmovilizado.
—¡Vieja Loca! ¡El honor! Moriremos sin... —Su voz se disolvía, los mayordomos lo ahogaban con un pañuelo impregnado con narcóticos.



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12 jun. 2011

Ebook de fantasía, Vamurta

Vamurta es un ebook de fantasía disponible en Amazon y Smashwords. Segundo fragmento del tercer capítulo de la novela fantástica Antigua Vamurta. Os recuerdo que los dos libros que componen esta historia están a la venta en Amazon en formato ebook y en papel. Precios populares para todos.

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Capítulo 3
(2º fragmento)

novelas fantasticas

—¿Señor? ¿Me escucháis?

  Una densa nube lo arrastraba entre fuertes corrientes de agua, alzándolo y hundiéndolo. Luego era llevado hasta unos bosques cubiertos de niebla y vapuleado entre esa masa de agua y ramas. Nada podía hacer, excepto seguir nadando en aquella especie de útero áspero y acuoso, intentando no ahogarse.

—Señor, la Condesa os reclama. ¡Señor! —levantó la voz—. Vuestra madre os reclama en el Salón de Gobierno.

  Esa voz disipó su pesadilla. Un hombre se encontraba inclinado sobre su cama, vestido con la túnica negra, reservada a los mayordomos de palacio. Unos haces de luz baja penetraban en la cámara a través del balcón abierto, donde se recortaban, sobre un cielo azul oscurecido, las manchas negras de muchas golondrinas, que chillaban alegres, trazando líneas imposibles en sus vuelos acrobáticos. La noche estaba próxima. Había dormido todo el día. Al incorporarse bajo la atenta mirada del mayordomo, el fondo de alegría de las aves se derrumbó de golpe, cuando volvió el eco desgarrador de los combates. Todo aquello parecía otra pesadilla. La herida en la pierna le seguía doliendo, pero pudo levantarse. Había que estar con los hombres, pensó, dirigirlos en aquella última hora. Un dolor sordo ascendía desde sus tobillos hasta la cintura. Puso los pies en el suelo, se levantó. Una sensación de fragilidad y rabia lo dominaba.
—Traedme las armas —ordenó con voz seca.
—Vuestra excelentísima madre me ha ordenado...
—¡Vestidme! ¡Vestidme como el guerrero que soy! —exclamó, contrariado por aquella desobediencia.
  El mayordomo le ajustó la cota de malla, le ató, ceremonioso, las grebas de hierro ribeteadas en oro, le colocó la coraza pectoral. Haciendo una ligera reverencia, le entregó la espada y después una daga bien afilada. Serlan agarró uno de los cascos cilíndricos que colgaban de la pared, guardándolo bajo su brazo.
—Ahora llévame hasta el Salón de Gobierno.
  Al salir de su cámara, el mayordomo observó una notable cojera en el Heredero. No se atrevió a decir nada. En el palacio y en la ciudad se escuchaban muchos rumores sobre su salud. Incluso se le daba por muerto.

  Bajaron por la escalera de mármol blanco que comunicaba las estancias condales, en la parte alta de la Torre de Homenaje, con el Patio de Armas. Salieron al exterior, la luz del día se apagaba oscureciendo los muros que cerraban el patio. Serlan se dio cuenta, preocupado, que excepto los dos siervos que salían de las cocinas, no se veía a nadie más en la explanada. Un inusual silencio agarrotaba aquel espacio. Tampoco había guardias encaramados en la muralla de la ciudadela. ¿Dónde estaban?
—¿Por qué no están los guardias en su puesto?
—Señor, aquí quedamos los indispensables. Todos han marchado hacia la Puerta de Oriente. O lo que queda de ella.
—¿Y la Falange Roja?
—Ha salido, señor. También hacia las murallas.
  Tras un momento, en el que solo se escuchaban sus propios pasos resonando en el patio, el Heredero volvió a preguntar.
—¿Quién ha dado la orden?
—La Condesa lo ha autorizado, señor.
  Llegaron al otro extremo del patio. En aquel punto empezaba la ancha escalinata que subía hasta el pequeño claustro que conducía al Salón de Gobierno. Se fijó que ahí tampoco había sirvientes ni guardias. El jardín del claustro, prisionero de las columnas que lo encerraban, parecía algo más asilvestrado y oscuro. Al Heredero le pareció que aquel paraíso había perdido, en algo, la serenidad que proporcionaba la contemplación de sus flores y arbustos simétricos. Siguieron por el pasillo de aquel jardín, casi amenazante, que hacía de distribuidor. Pasaron por delante de la Sala Capitular. Serlan vio, a través de la puerta, las grandes sillas cinceladas en madera de acebo, vacías. Tras dejar atrás la Biblioteca accedieron a la puerta del salón, que estaba guardada por dos alabarderos que miraron al Heredero sin poder disimular en todo su sorpresa. Los guardas abrieron las pesadas puertas del salón y el mayordomo avanzó.
  —Serlan de Enroc, heredero del Condado de Vamurta —anunció, levantando la voz.

  El Salón de Gobierno era una de las mejores estancias del palacio fortificado de los condes. Una enorme sala de planta rectangular de unos doce cuerpos de altura, sostenida por poderosos arcos de medio punto que se sucedían hasta el final de la nave, donde desde los tiempos de la fundación del condado se reunía el Consejo de los Once, formado por los cinco vizcondes principales, los cinco sacerdotes mayores y presidido por el conde.
  Bajo la alta cúpula que coronaba la sala, se reunía el Consejo. Para llegar hasta ella había que pasar entre los pilares de piedra blanca de los arcos laterales. De un extremo de la nave a otro, se abrían largas y estrechas ventanas de vidrios de colores que creaban una atmósfera casi sobrenatural cuando la luz del sol, al traspasar los vidrios, proyectaba tonalidades calidoscópicas sobre las paredes y el suelo del pasadizo central, de los rojos a los colores del mar hasta el verde de la esmeralda. Serlan siempre pensó que el salón más parecía un templo que no un lugar donde se decidían los incrementos de los diezmos, los cambios en la diplomacia o las normas que regían el uso de los molinos condales. Esa tarde, casi noche, era la luz de las decenas de candelabros los que otorgaban un ambiente fantasmagórico al lugar.



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Literatura Fantástica, Vamurta

Capítulo 3
(1º fragmento)
«La espera»

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Antigua Vamurta es una saga de literatura fantástica dividida en 61 capítulos. A la venta en Google Play, Amazon y Smashwords.

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 El rumor de los combates se fundía con la tranquilizadora música de la cotidianidad. Las voces de la calle llegaban amortiguadas hasta la habitación donde Serlan de Enroc, Heredero de Vamurta, dormía desde hacía más de un día. Lo despertó una terrible sed, y al abrir los ojos dirigió sus manos temblorosas hacia la jarra de agua que le habían dejado en la mesa, al lado de la cama. La bebió a grandes tragos, sin importarle que buena parte del líquido cayera sobre su camisa blanca y las sábanas.
 Cuando calmó su sed, miró su habitación como si nunca hubiera estado allí. Tardó en conseguir incorporarse, la espalda le pesaba mucho, sus piernas no le respondían bien. Se sentó en la cama, quieto, sintiendo cómo reaccionaba su cuerpo. De lejos, le llegó el seco retronar del bombardeo. Entonces comenzó a recordar. El despertar tras la batalla, aquella enorme confusión, la cuerda con la que fue izado, la herida. Las gentes de su condado, de su ciudad, sus vidas, estranguladas por el sitio.
 Se sintió lo bastante seguro para levantarse y, muy despacio, comenzó a andar sobre el mármol frío de sus aposentos. Se dirigió hasta el balcón, apartó las pesadas cortinas de lana negra y salió. Los rayos del sol lo cegaron, toda la ciudad parecía blanca, golpeada por aquel baño de luz. Cuando sus ojos fueron adaptándose a la claridad, pudo distinguir las columnas de humo que se levantaban a poniente. Más allá vislumbró el ejército enemigo. Desde su habitación, parecían bolsas negras desparramadas sobre las doradas y sinuosas extensiones de los campos de cereales y las cuadrículas verdosas de los huertos. Su debilitamiento, los mareos que le sobrevenían desde que se levantó, le ofrecían una nueva perspectiva. Todo aquello parecía muy lejano, lejano a su persona. Se preguntó por qué hacía la guerra. En aquel momento no recordaba demasiado bien cómo empezó, quién inició las hostilidades. ¿Fue aquel ataque murriano a uno de los castillos de frontera? A los soldados de la guarnición les habían cortado el cuello. Hombres grises abandonados a la muerte. Habían llegado rumores de una matanza en algún asentamiento murriano, antes del ataque. Nadie estaba seguro. En las guerras nadie sabe la verdad, ni tan siquiera los verdugos, ni él, el Heredero… Le pareció que los acontecimientos se habían sucedido sin una razón, sin que los pudiera gobernar, incapaz de virar el rumbo de los mismos.
 Paseó su mirada sobre las azoteas; le parecieron un inmenso tablero de ajedrez hecho de casillas irregulares, algunas más hundidas, otras elevadas. Siguió los cortes de las calles hasta que su atención se centró en el puerto, al este de la ciudadela. Figuras minúsculas y ajetreadas cargaban las naves, muchas ancladas al abrigo del espigón construido con grandes rocas. Debía de haber unas cincuenta o algo más, las banderas rojas y blancas ondeando. Era la escuadra que siempre había dominado el Golfo de Daler y el Mar de los Anónimos, capaces de ahuyentar a las flotas de corsarios que habían organizado los Pueblos del Mar y hacer valer su supremacía sobre las humildes escuadras de las Colonias.
 Vamurta exportaba hierro de las minas de la Sierra de Andonin, armas forjadas por las decenas de herreros asentados en la ciudad, cereales y paños tintados con colores puros. Las mercancías llegaban a las Colonias y desde allí a otros muchos puntos. Algunos mercaderes también habían establecido rutas más al sur y al norte, con pueblos extraños a los que solo se les conocía por sus productos, que los comerciantes traían en sus viajes de vuelta. En tiempos de paz había habido un ir y venir de mercancías hacia el oeste, incluso algunos murrianos se habían establecido en la capital, pero eso ya parecía una leyenda remota.
 Serlan sabía que muchos de los prohombres de la ciudad previeron que el sitio iba a llegar. Quizá por su cercanía a los centros de poder del condado. Recogían y se marchaban. Los artesanos y los campesinos, más ignorantes de todo lo que sucedía, seguían en la ciudad.
 Un mareo intenso lo obligó a apoyarse sobre la baranda del balcón. Todo daba vueltas. Volvió a la cama, donde se tumbó. Se sentía abatido, incapaz de luchar. Oyó el rugir de las explosiones. Todo aquello que amaba, su mundo, sus gentes, se rompía sin que él pudiera hacer nada para invertir los acontecimientos. Quizás hubiera sido mejor atrincherarse desde un principio tras los muros de la capital o subir a las montañas, donde habrían resistido mucho tiempo, o incluso desplazarse hacia el norte, siguiendo la costa, donde solo había pequeñas tribus de hombres grises. Las altas sierras y los valles estrechos les hubieran dado cobijo. Estaba casi convencido de haber escogido la peor decisión: presentar combate a campo abierto, una y otra vez, hasta aniquilar a todos sus ejércitos grises. Se cubrió la cara con sus manos rugosas, nunca se había considerado tan responsable de aquella debacle. Otra vez su debilidad lo atrapaba y lo conducía a la antesala de sueños tenebrosos.



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11 jun. 2011

Volviendo a la épica

ebook fantasia epicaAhora que no falta mucho para que el libro Antigua Vamurta salga en formato ebook (en papel en septiembre-octubre), quiero subir al blog el tercer capítulo de la novela. Así, cada uno podrá hacerse a la idea de lo que hay.
Antes, dejo los links de los capítulos 1 y 2 como recordatorio. Lo que permitirá enlazar y entender el tercero. Veréis que también están publicados en Mundo Vamurta (es mejor para leer), un blog que monté para subir los cuentos y relatos con calma y orden.
Y cuando acabe con esto, llegarán las novedades.

- En el Blog Antigua Vamurta:
           
    Capítulo 1, links:
      Capítulo 2, links:
- En el Blog Mundo Vamurta:

Capítulo 1, links:
 Capítulo 2, links:


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9 jun. 2011

Poesía en el autobús

              POEMA EN EL AUTOBÚS
A veces, sentado en el autobús
asisto a la multiplicación de las fachadas.
No me fío de mis ojos maliciosos
por eso, a veces
me apeo y me acerco
hasta tocar la roca muerta de las casas.
Y así, resbalando sobre la materia
llego a querer creer que realmente
cualquier momento transcurrió.


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Juan Eduardo Cirlot

Estaría bien poder tomar café con los muertos. Algunos dejan preguntas, misterios y un rastro brillante. El poeta barcelonés Juan Eduardo Cirlot dejó escrito:

Toma mi oscuro anillo inmemorial.

Mi armadura deshecha de deshace
y de sus mallas muertas salen fuegos
azules, Bronwyn; puedo verlos, tiemblan.
Tiro el guante de hierro, soy tu siervo.
El mar que me acompaña por un mar
de sombra de deshace en el vacío.


Estoy cansado de estar muerto y ser.

Y os dejo un par de links de posts viejos que embotellé en esta pequeña laguna cíber. Por si interesa.

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7 jun. 2011

Poema Azul de Mar

Azul de mar sobre la retina, esparciéndose
Evanescente azul de mar, verde impreso
Sobre el negro iris que refleja todo el cielo.

Brisa de mar sobre los pómulos raídos
Tensando, divino azote, las velas de un mendigo.

Por qué renunciar a ti, siempre cercano,
Cuna de hombres, espejo de tiempos y estrellas.


poesia el mar
Azul de mar, by Igor.


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Las cucarachas tienen memoria

 Cuento Corto Las cucarachas y la memoria

Estoy en el maldito trabajo. Alguien ha gritado. Una cucaracha tamaño King Size está volteada en el suelo, desesperada. Las mujeres me han obligado a hacer de Sant Jordi, pero no he querido matarla. La he puesto en una caja Nesspresso (la importancia del reciclaje) y la he dejado en una papelera en la calle.

Dos minutos más tarde la recepcionista ha salido a fumar. Otro grito. La cucaracha melancólica volvía a su hogar, cruzando el desierto de la calle, moviendo sus desproporcionadas antenas frente a la puerta.

Las cucarachas tienen memoria. Me diréis que es olfato. Yo dijo que no, que es memoria, como el contacto mágico de la magdalena y el té de En Busca del Tiempo perdido, de Proust. El olfato es memoria. El contacto. Entre el poema y quien lo lee, que lo despierta del mundo de los muertos. Entre mi talón y la pobre cucaracha que volvía a casa, guiada por su memoria y la añoranza.
Y al final de los tiempos, sobre la tierra sólo quedarán cucarachas y humanos. Y ellas tienen memoria.

cucarachas tienen memoria cuento corto



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