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«La esquina de hielo» forma parte de No recuerdo Pergolesi, libro de poesía de 2026.
¿Qué es este artefacto? Es un poema sobre alguien que murió, pero que sigue apareciendo con una claridad difícil de explicar. De manera insistente.
Entre sueños, calles de invierno y recuerdos, el pasado vuelve a llamar a la puerta. Siempre lo hace.
También hay aquí algo de culpa, de lo que no hicimos y de lo que quizá nunca llegamos a decir. Y, sobre todo, está el deseo de no olvidar.
La esquina de hielo
Yo
te invoco.
Nunca tan
viva desde que sé que estás muerta.
Y si te
invoco es porque no dejas de llamar a la puerta.
Puerta de
hielo, la aireada puerta del tiempo
por donde
corren las voces de los vivos,
las voces
de los muertos.
Llegas a la
orilla de los sueños con tu sonrisa,
intacta,
sin queja alguna,
más bella
todavía.
Apareces
antes que los pájaros del alba,
una nada
entre los delirios de las sombras.
Me obligas
a dudar, una vez más.
Dónde acaba
el bosque,
dónde el
camino que lleva a la playa.
Me hablas
con dulzura haciendo de la serenidad
un estado
voluble encarcelado entre las apariencias.
Pero tú
estás muerta, yo lo sé.
El mismo
mal de tu padre y de tu madre
te arrastró
lejos, al otro lado,
de donde
muy pocas noticias nos llegan.
Un tintineo
de palabras que he olvidado
no así tu
sonrisa, ni el brillo de tus oscuros ojos,
ni la
gracia en tu rostro,
ni el
mármol que lleva tu nombre.
Yo te
invoco y no te he olvidado.
No te he
olvidado y bien podría ser
que tú a mí
tampoco, el chico idiota,
el joven
que creyó ser un poderoso agujero negro.
Perdona el
tiempo que fue y perdóname a mí.
Perdónanos
a todos.
Saeta
lanzada que en vuelo ya es papel y luego cenizas.
No entiendo
qué buscas apareciendo
con tanta
viveza, tan clara como una estrella blanca
luciendo
sobre la temprana mañana.
No sé qué
buscas en los vertederos de este mundo,
acaso tú
sabes ver las luces, los brotes y los destellos,
acaso sea
esta la ladera de los ciegos.
Insistes.
Vuelves y todavía otra vez vendrás
hasta los
horizontes brumosos del presente.
Te
esperaré, ahora que sé que estás y eres.
No perderé
la voz,
no huiré ni
me decantaré en la noche.
Te veo en
la nitidez de la secuencia.
Todo lo que
no supe, ni ayer quise hacer.
Hasta que
te sacrifiqué como si fueras un ídolo
que ha
perdido el pigmento, que yace vulnerable.
Te encontré
aquella noche de invierno.
Solo capté
tu sorpresa al cruzarnos
entre las
desoladas calles de una gran ciudad.
Sobre un
largo abrigo
flotaba tu
blanco rostro.
Nada me
dijiste.
Fue un
momento después, al doblar la esquina,
cuando vi
el hielo que comenzaba a cubrir la acera
y a
ascender por los edificios,
y a helar
los árboles
y llegó a
las estrellas y al espejo
en el que
cada mañana me observo.
Dicen que
el mundo pertenece a los vivos
y no es
exactamente así.
Hay hielo,
hay una playa
donde solo
tú puedes nadar,
hay una
sonrisa cristalizada
en los
muros de los vientos, eterna.
Porque sé
que estás,
porque sé
que eres,
yo
te invoco.

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