Hay tres tipos de viajero en el metro. Lo sé porque cada día viajo en metro. Este metro atiborrado de la metropolitana de Barcelona. De esta sociedad que ha crecido y crecido pero que no ha metido ni un euro más en fortalecer los básicos y las infraestructuras.
Oye, pero, luego deben estar agotados. Esos mensajes escritos a toda prisa parecen unos 100m lisos. Que cansancio. Deben llegar a sus puestos de trabajo o a sus aulas hechos exhaustos. Llegan y le dicen al colega «estoy agotado», o «es que no tengo tiempo de nada». «La vida no me da para más». Es la frase mágica que esconde la adición. Cuándo una respuesta a un mensaje de lo más trivial (que-hace-como-esta-tu-gato-no-olvides-la-comida-mama-dice-) fue de obligada respuesta inminente. Debe haber en algún sitio una montañana infinita que acumula los residuos de toda esa mensajería que se olvida al momento de ser escrita. Una montaña que no para de crecer y ya toca Saturno.
Segundo viajero. En canal, a raudales. Son los de Tik-tok / Instagram / You Tube y otras fieras de la red. Estos no mueven mucho los dedos pero sí los ojos. A veces me doy golpes en las piernas para asegurarme que estoy en el mundo real. Pero… ¿El metro es el metro o estoy en Las Vegas? Ojos de velocidad de tragaperras. Consumen a lo loco, sin freno, vídeo tras vídeo. Ñam-Ñam. Tres segundos, dos, cinco segundos es mucho tiempo. Y otro, y otro. Todo el viaje colgados en otro paralelo de la realidad. Algo así como una mezcla loca de Teoría de las Cuerdas y Matrix. Esta es la sensación de viajar en metro hoy. Por la vena, todo lo que entre, todo lo que venga. Plaf-plaf, un poco más, que me quedan dos paradas. Una más, una…
Tercer tipo de viajero. Ojo, ¡¡¡cuidado!!!
El otro día vi una mujer que no hacía nada. En serio. Estaba allí de pie, asida
a la barra, sin hacer nada. Peligro. ¿Una exespía de Mossad? No lo sé, quizá lo
fuera. Allí, paseando su mirada fría entre el resto de pasajeros. ¡Qué no hacía
nada! lo juro. Como si en internet no hubiera nada para chutarse. Me inquietó.
Metí las manos en los bolsillos. Intenté alejarme y al hacerlo vi un tipo con
bambas de estas feotas de básquet leyendo un libro. Un libro de papel. Pero que
hace una persona joven con tal artefacto. Debe de tratarse de un rarito o un
chalado. Pelo un poco largo, sudadera. Un sospechoso sin duda. El hijo de un
profesor de matemáticas o algo peor.
Por suerte, el tercer tipo de pasajeros son minoría. Y cada vez son menos. Las cosas van bien y puedo viajar tranquilo a pesar de ir apretujados, agobiados. Ves la gente en sus pantallas y te quedas tranquilo. Sabes que no harán nada, que están en sus cosillas. Y así viajo, sabiendo perfectamente que el vagón, toda la línea, la ciudad entera, varias provincias, países y sistemas monetarios son totalmente trazables y previsibles, tanto que casi ni hace falta controlarlos demasiado.
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