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El día que preferí el barro y los perros antes que todo lo demás. El perro y el poeta

Hay momentos en los que la creación artística no se vive como un ejercicio elegante, sino como una condena a la intemperie. Escribir, buscar la verdad o perderse en los laberintos del arte puede apartarnos tanto del mundo que terminamos por ensuciarnos las manos... y el alma. Esto es un viaje hacia los orígenes. Aquí el poema de No Recuerdo Pergolesi, El Perro y el poeta.

El libro de Pergolesi lo podéis encontrar en Libros Play - No Recuerdo Pergolesi.

En este poema nos adentramos en esa zona limítrofe. El yo poético se reconoce errante, descompuesto por el paso del tiempo, hundiendo el vientre en el barro y obsesionado con las piedras. Frente a ese retiro salvaje y casi animal, irrumpe la voz del amor: un recordatorio de que los vivos reclaman nuestra presencia. La comparación final con el perro —con los colmillos y las uñas manchadas de tierra— es una de las imágenes más honestas sobre la rebeldía contra el tiempo.

Os dejo el poema. Espero que os hunda un poco en el barro con él. La pieza nace de una intuición profunda y se desarrolla en un mundo simbólico.

El perro y el poeta

Errante, siempre errante, el poeta

deambula por los espejos del arte inexistente.

Despierto. Lluvioso.

Algunas veces despierto

doy dos pasos fuera de los círculos.

Estos años descompuestos en fechas

que has olvidado, esa es la verdad.

 

Dos pasos fuera para hincar

mi rostro blanco en el barro fresco.

Pintando piedras, apabullado,

breve bajo la intemperie,

aplastado por los cielos.

Mis tripas, gusanos sobre la llanura,

hundo mi vientre en la noche

embarrado en el arte inexistente.

 

Entonces, ¡oh, amor!, tú me llamas

para que vuelva con los vivos

y olvide mi obsesión por las piedras.

Me asomo a ti como un perro

con el hocico erguido al viento,

sorprendido hurgando, colmillos,

dedos y uñas untados...

 

Tierra. Gruño,

es mi rebelión contra el tiempo.

Volver al mundo de cajas y ratones,

soñando piedras, apenas inexistente.

 


Comentarios:

Desde el punto de vista formal, "El perro y el poeta" utiliza el verso libre para potenciar el ritmo visceral y entrecortado de la experiencia. No busca la rima, sino la fuerza de las imágenes, encadenando sensaciones visuales y táctiles ("rostro blanco en el barro fresco", "dedos y uñas untados") para generar un clímax de angustia y lucidez. La estructura dramática, que comienza en el aislamiento y culmina en una respuesta animal, subraya el carácter intuitivo de la pieza.

Simbólicamente, el poema explora la tensión arquetípica entre la condena creadora y la vida. El poeta es un ser errante que, al huir de los círculos de la rutina, se halla a sí mismo en un estado de animalidad, en contacto directo con la tierra y el inconsciente. La figura del amor actúa como un ancla hacia la realidad, un recordatorio de la vulnerabilidad de la condición humana, mientras que el perro y la obsesión por las piedras representan la resistencia a la muerte y el deseo de trascendencia. Es un viaje hacia los orígenes, un "rebelión contra el tiempo" que se desarrolla en un mundo simbólico donde el arte se percibe como una forma de soñar con la eternidad.

claves de lectura

Si tuviéramos que elegir los puntos de inflexión del poema, hay tres versos o imágenes que sostienen toda su fuerza emocional:

§  «Dos pasos fuera para hincar / mi rostro blanco en el barro fresco»: Representa la ruptura deliberada con la comodidad y el artificio. El poeta no busca el refugio, sino la inmersión violenta en la materia pura.

§  «Mis tripas, gusanos sobre la llanura»: Una de las metáforas más crudas y viscerales del texto, que vincula al creador con la tierra, la descomposición y lo más elemental de la naturaleza.

§  «Me asomo a ti como un perro / con el hocico erguido al viento»: El momento de la llamada exterior (el amor y la vida cotidiana), donde el poeta asume su condición de bestia fiel a su instinto, dividida entre el mundo de los vivos y su obsesión inquebrantable.


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