Ilustración, «¡¡Murrianos!!». No son como los otros, pues basan su mundo, su existencia en otras leyes. Creen que no hay mayor gloria que servir a sus hermanos, madres, padres, amigos. Llegan en oleadas desde el oeste, buscando las líneas blancas y suaves que preceden al Mar de los Anónimos. Son murrianos, a cientos, a miles. Para un murriano, el sacrificio es voz de dios. Negarlo, la más absoluta de las deshonras. «El murriano dio una vuelta por la estancia, como si nadie hubiera allí, dando tragos. Se dejó caer sobre una de las sillas, apoyando su espalda contra la pared. Sus mechones caían hacia delante, emboscando su mirada. Lanzó el ánfora contra el suelo, rompiéndola con estruendo, y se desabrochó el cinturón, dejando caer la espada. —¿Habéis oído hablar de nuestro hogar? ¿De nuestra capital? Es el lugar más bello del mundo. ¡No! No es como vuestras ciudades, abigarradas, en las que todo se amontona, sucias y mal ventiladas, donde hasta la piedra de las ...
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