12 nov. 2015

El Gordo, en noviembre

Sin libro por leer en casa, súbito asalto a la Biblioteca Pública de la Sagrada Familia. Me llevo un buen botín. Una antología poética de Jorge Guillén (una recomendación de Gil de Biedma), Las ciudades invisibles de Italo Calvino (un libro que comenté con Dissortat, tan hermoso como un nuevo albor y tan frío como un témpano de hielo), poesías de Allen Ginsberg (algún destello, pero, psé-psé, ¿no estará sobrevalorado?) y el Tokio Blues de Haruki Murakami (el libro que lo hizo famoso. Una recomendación vox populi). El Gordo, en noviembre.
Luego, como abajo hay un mercado, compro alubias y lentejas. Más tarde mi mujer añadirá a la compra chorizo, zanahorias, cebollas y morcillas, acercándome a mediodía, durante unos minutos, a un lugar llamado edén. La consecuencia a todo esto es que lavaré un montón de platos y cazuelas. Así, por raro que suene, si de esta razzia literaria hubiera que obtener un silogismo, este sería:
Tomo libros prestados, ergo, lavo platos.

En fin Calvino, Guillén y Murakami bien valen una misa.

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6 comentarios:

  1. Jajajaja muy bueno tu silogismo...

    ¡Disfruta de la lectura, que de las alubias y lentejas ya lo has hecho!

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    Respuestas
    1. Ja, ja. La dieta antigua: legumbres + pan + vino.
      De momento, el mejor libro es el de Calvino. Empiezo Murakami.
      Salut, Dissoratat!

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  2. Vas a salir comiendo Calvinos, o leyendo alubias. Que aproveche.

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  3. Gracias. Las bibliotecas son mi salvación ante el tedio de los días. Y es que me obligan a leer, en la tele no echan nada.
    Un abrazo.

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  4. Acabas de apuntar a una posibilidad de negocio: las platotecas. Cuando acabas con los platos, los devuelves y los canjeas por otros nuevos.

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  5. Ja, ja. Se me había pasado el comentario. Platotecas, ¿por qué no? Placotecas: mientras lavas los platos tienes una pantalla ante ti y puedes ir leyendo Cervantes.
    Saludos.

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