10 oct. 2009

Novela fantástica. Capítulo I. II

Segundo fragmento de la novela de literatura fantástica Antigua Vamurta. Antigua Vamurta es una saga que os podéis bajar en Amazon, Smashwords y otras páginas de la red.

Capítulo 1
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(2º fragmento)
Eran tres doctores. Enseguida reconoció al joven Ermengol, amigo y médico de palacio. Explicaba a los otros dos colegas el estado del paciente, acompañando las sentencias con leves inclinaciones de cabeza.

—Debilitado, sí. La punta de la lanza le ha arrancado musculatura, no mucha, pero no ha roto ningún hueso ni las vías de sangre —dijo, a la vez que paseaba arriba y abajo, haciendo oscilar la túnica verde noche de doctor de la corte—. La herida ha sido desinfectada con raíces de osspirrus, lavada y cicatrizada con hierro candente. Hay que esperar. Ver si la carne se pudre o no. El golpe en la cabeza no es nada. Este hombre ha sufrido un cuadro de fiebre alta, de agotamiento físico... Saben los dioses dónde habrá estado estos últimos días...
El diagnóstico había sido más benigno de lo que podría parecer por su aspecto. Los tres médicos guardaron silencio al tiempo que observaban al enfermo, que se revolvía en su lecho, inquieto, sudando y abriendo mucho los ojos. Los miró un instante con la mirada del ido. Se incorporó con violencia.
—¡La ciudad arderá! ¡Arderá con todos dentro!
—¡Ya habla! —exclamó, sorprendido, uno de los doctores.
—No debéis moveros ni hablar, señor —sentenció Ermengol, empujando suavemente al enfermo contra la cama.
—La ciudad está perdida. ¡Escapad! —vociferó, desgarrado.
—¡Rápido! Hierbas de Alou —ordenó Ermengol.
Los vapores de las hierbas lo devolvieron a un sueño profundo.

De aquel sueño nació una densa bruma de la que emergía su ciudad, como un navío extraviado. Cuando la urbe ya se había alzado, brillando sobre un mar de estratos nubosos, empezó a resquebrajarse hasta que, de repente, se hundió en muy poco tiempo, como si algo la hubiera aspirado abajo, abajo, mientras él presenciaba el hundimiento, impotente, desde una torre lejana donde se sentía encadenado por un encantamiento que inmovilizaba sus piernas, sus manos, su corazón. Después caía un gran torrente de agua, y de entre esas aguas emergía su madre. Pare-cía muy joven y le hablaba. No podía comprender sus palabras, solo recordaba que le decía algo. Su madre continuaba hablando y hablando y sus labios mojados describían una sonrisa permanente. Lo tomó del brazo y lo condujo a algún sitio. Era el Palacio de Verano y ya no llovía. Miraban las grandes encinas, de hoja oscura, desde el balcón alto. Ella sonrió y golpeó su pierna con furia. Dejó escapar un grito de dolor y despertó. Apretó las mandíbulas, sus dientes mordieron el aire. En la habitación reinaba la noche. Dos velas ardían sobre la mesa, a su lado un viejo sacerdote dormitaba en una silla con las manos recogidas en el regazo. La herida era aún punzante, pero su cuerpo cansado parecía haber recobrado un cierto vigor. ¿Cuánto tiempo llevaba durmiendo? ¿El sol estaba a punto de asomar por su balcón o era media noche? El dolor en la pierna ya no mandaba, era intenso pero podía pensar. Pensar.

Se hallaba tumbado en la cima de aquella loma. Había llegado hasta arriba y desde allí pudo divisar el amplio valle que se extendía alrededor de las viejas murallas de la capital. Vamurta. Más allá, sobre las finas líneas de las playas, siguiendo la hendidura del golfo de la capital en el mar, se destacaban multitud de puntos blancos salpicando el azul cobrizo de las aguas. La flota del condado, la última vía de escape.
El mar era aún territorio del hombre gris, pero no había dudas sobre el descalabro. Decenas de centurias de murrianos formaban alrededor de su ciudad. Detrás de la infantería enemiga, grandes rinocerontes de tiro, resoplando con fuerza, cargaban sobre sus lomos las largas serpientes de fuego que habían derruido los muros de las ciudades del oeste. A la derecha del ejército murriano, y siguiendo el camino de poniente, veía avanzar ocho torres de asedio, que eran arrastradas por el esfuerzo de grandes bueyes que, a cada tirón, hacían tambalear esos monstruos de madera. El cerco estaba casi completado. No podía apartar los ojos de aquel espectáculo ejecutado con absoluta precisión. El enemigo era un enorme hormiguero desplazándose en perfecto movimiento, deslumbrante, el metal de las armaduras arrancando destellos a las últimas luces del día, un hormiguero que cruzaba los extensos rectángulos de los campos de trigo, derruyendo una a una las vetustas masías de los barones erigidas sin orden por el amplio valle verde y dorado de los hombres grises, rasgando los colores de su condado con las lenguas fulgentes de sus armas. Banderas ocres, el rojo de los incendios provocados en su avance y el negro de las muchas columnas de humo que se levantaban para diluirse en el vasto cielo encarnado de la tarde.

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1 comentario:

  1. Pues aquí sigo leyéndote y poniéndome al día. Creo que en el anterior me lié, porque resulta que lo del campo de batalla era un sueño... Esta interesante, me quedo por aquí otro ratito, con su permiso caballero.

    Un beso.

    http://tamaravillanueva.blogspot.com/

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