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Vamurta Fantástica. Capítulo I. III

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Primer capítulo
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(3º fragmento)

Libros de literatura fantastica

la batalla
Tierras baldías
Lejos, al pie de las puertas de la ciudad, podía distinguir algunas formaciones dispersas de los hombres, aguardando, esperando a que la masa que se acercaba se arrojara sobre ellos. Casi parecían niños. Sobre los muros y sobre la Torre de Oriente se amontonaba la guarnición de la ciudad, expectante. Cuando aún se sentía incapaz de apartar los ojos de aquel despliegue de fuerzas, se rompió el monótono avance del enemigo. Levantó las cejas, torció la boca seca, esbozando una sonrisa. Un pequeño grupo de guerreros grises, quizás unos doscientos, corrían hacia la ciudad trazando una diagonal por entre dos grandes grupos de murrianos. Avanzaban a media carrera soportando el peso de sus armaduras pectorales y sus escudos de rodela. Era un cuadro erizado de lanzas, una mancha plateada vista desde la distancia, que rompía los tonos ocres oscuros de los estrechos bancales que formaba el enemigo. Las tropas que defendían Vamurta reaccionaron intentando una salida para cubrir a los que llegaban, pero las dos falanges grises tuvieron que retroceder ante la intensidad de la lluvia de proyectiles con que los murrianos respondieron.

Aquellos desesperados seguían corriendo. Podía intuir el esfuerzo, su propio armamento condenándolos a una carrera lenta, el sudor, el cansancio... A unas señales de bandera, dos brigadas de arcabuceros murrianos giraron ordenadamente hacia la derecha, encarándose a los que corrían. A su vez, dos grandes grupos que no logró distinguir, iniciaron un rápido movimiento para cortar la marcha de aquellos hombres. Los murrianos, propulsados por aquellas desproporcionadas piernas, recortaban las distancias con una facilidad pasmosa. También identificó compañías de piqueros enemigos moviéndose hacia las murallas de Vamurta para formar una segunda línea de contención.
«Corred, corred», murmuró, aunque ya era evidente que los hombres grises nunca llegarían a su ciudad. A contraluz, observó cómo cada uno de los grupos levantaba grandes nubes de polvo que se movían sobre los campos y entre los frutales. Ya no distinguía nada. Poco después aquellas estelas de polvo coincidieron y colisionaron. Se escucharon las detonaciones de los arcabuces a intervalos regulares y, en la lejanía, el estrépito del acero desafiado por otro acero. Pronto, los ruidos cesaron y el polvo volvió lentamente a la tierra. Lleno de impotencia, impaciente, empezaba a entrever los resultados de aquella desigual pugna. Observó que los bultos que se amontonaban eran los cuerpos tendidos de sus hombres. Se maldijo, tiró de su barba hasta hacerse daño. Quiso gritar. Todo aquello era evitable. ¡Todo! Tantos muertos… La ciudad cercada, la vana esperanza de una ayuda que no iba a llegar...
Aquella escaramuza despertó en él grandes dudas. Cansado, abotargado, veía como un suicidio atravesar los anillos del asedio. Los tres tradios que lo separaban de los muros eran recorridos constantemente por fuertes patrullas enemigas. A campo abierto era del todo imposible no ser cazado. Se mordisqueó los labios. Sabía que los murrianos eran capaces de recorrer las extensas llanuras de Ibam y podían sobrepasar con facilidad a cualquier hombre. Era necesario esperar la llegada de las sombras. Quizá sería más fácil para un solo hombre. Cruzar las líneas murrianas en silencio...
Hacía falta esperar. Retrocedió, bajando hasta media loma, arrastrándose sobre las piedras. Consiguió parapetarse entre unos matorrales, ladeado. Cerró los ojos, dejando que la brisa del crepúsculo le secara el sudor que bañaba su cuerpo.

El Consejo de los Once había subestimado aquella nueva guerra. La había considerado como otra fase en la larga lucha entre hombres grises y murrianos. Nadie creyó que habría tres grandes batallas perdidas y aún menos que se pudiera llegar al sitio de Vamurta. Nadie había advertido tal reorganización de los ejércitos murrianos. No habían llegado noticias de sus nuevas armas de fuego, capaces de romper madera, hierro y carne. «Nos abaten como a conejos», pensó. Él, orgulloso de su mundo, de su linaje. Era el fin de su civilización, tan segura de su paso sobre la tierra. Y sí, habían estado sesteando, pendientes de los asuntos de las Colonias, la vista puesta también en los territorios que se extendían al sur, siguiendo la costa del Mar de los Anónimos, una tierra habitada por clanes. Qué había más allá, se había preguntado muchas veces. Otro mundo aguardaba...
Esas bestias habían llegado desde el oeste profundo, huyendo de algo. Su padre ya había combatido a los murrianos hacía más de treinta años. En aquella época nada podía frenar las cargas de las falanges. Aquellos guerreros grises estaban acorazados de la cabeza a los pies. Sus mejores hombres, su infantería pesada. El Batallón Sagrado, llamado Falange Roja... Eran los tiempos de la superioridad, cuando su padre capitaneaba las huestes y su madre, el palacio. La recordaba con sus duras exigencias, maestra de la corte, valedora de mercaderes y grandes artesanos y a la vez, si los vientos giraban y sus protegidos caían en desgracia, una daga en las entrañas. También evocó su juventud lejos de las mujeres. ¿Quién se atrevería a acercarse al hijo de la Condesa? Su mente volvió a aquel desastre. Era evidente que los informadores al servicio de Vamurta se habían limitado a cobrar para dar parte de sandeces... O incluso habían sido corrompidos. Malditos todos. Maldito cada uno.

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Comentarios

  1. Definitivamente escribes de maravilla, me está encantando.
    Nunca entenderé porque masacran de esa manera, la de vidas inocentes que se pierden y se perdían en una batalla, aunque sea de fantasía jejeje.

    Un beso.

    http://tamaravillanueva.blogspot.com/

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