26 oct. 2009

El libro de Vamurta. Capítulo I. VII

Novelas épicas. Antigua Vamurta es un largo relato épico en formato saga.


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Capítulo 1
(fragmento VII)

Encaramado sobre las almenas, el veguer de la Marca Sur observaba, impávido, cómo los miles de murrianos estrechaban el cerco sobre la ciudad. Dejaba que el viento de la mañana resbalara entre sus cabellos, sin pensar en nada. Habiendo perdido sus posesiones, dados por muertos sus dos hijos, nada lo haría mover de la gran grieta que el enemigo había abierto en las murallas de Vamurta. Miraba, absorto, el montón de piedras humeantes por donde pasaría el enemigo. Con las primeras luces de la mañana, los murrianos habían hecho avanzar una densa fila de culebrinas por delante de las grandes bombardas. Más finas y ligeras, aquellas armas escupían, sobre los restos de la Torre de Oriente, constantes descargas que perforaban escudos y corazas, causando gravísimos estragos en la tropa.
Tras comprobar el mortífero efecto de aquellas andanadas, el veguer había ordenado retirar las concentraciones de infantería que, delante de la grieta, defendían la ciudad de un asalto directo. Así, habiendo perdido la carta de una salida por sorpresa, quedaban atrapados en el interior del perímetro amurallado. A la espera. El veguer miró hacia el sur.
Mucho más allá de donde su vista se perdía en el horizonte, empezaban las que habían sido las posesiones más ricas del Condado, tierras fértiles y abundante agua canalizada por los trabajos de muchas generaciones. Daba igual. Solo quedaba un pequeño rincón para un milagro o una huída hacia el mar. Tocó el pomo de su espada. Él no huiría, no se veía con fuerzas para emprender una nueva vida. Todo lo que amaba se había perdido. ¿Para qué marcharse? Las bombardas, al mismo tiempo, seguían lanzando fuego sobre el sector de Oriente, ensanchando el gran agujero en el muro, tensando más y más los nervios de los sol-dados con sus impactos ensordecedores.
Estando el heredero malherido en palacio y los grandes vegueros muertos, solo quedaban él y el capitán de la plaza para dirigir la defensa de la ciudad. Su gran duda era si dar la orden de evacuación o posponer esa decisión. Algo le hacía vacilar. Dar una orden precipitada significaría ser considerado un hombre temeroso, un cobarde. ¿Y si el sitio se levantaba? Sabía que los grandes burgueses y parte de la nobleza ya habían levado anclas hacia las Colonias, donde en los últimos tiempos muchos habían adquirido posesiones. Los grandes marchaban con tiempo, cargando con sus familias, sirvientes y bienes. Si conseguían aguantar el asalto, él sería el máximo responsable, aclamado por todos. Pero qué más daba. Serían los dueños de una ciudad sin campos, sin minas. Los esperaba una lenta agonía. Algo le impedía dar la orden. A pesar de haberlo perdido todo, no asumía que su mundo fuera engullido sin más. Decidió, pues, pensarlo otra vez, dejarlo para el día siguiente.
Abajo, detrás de los muros, veía el hormiguero de sus soldados. Hombres que llegaban, hombres levantando tiendas, hombres fortificando las casas próximas a la muralla; órdenes, alboroto, confusión. Entre la masa en movimiento distinguió al capitán Álvaro, que intentaba que aquel jaleo tuviera algún sentido. Bajó al nivel de calle y avanzó entre los soldados hasta el capitán. Se saludaron, cansados. El capitán parecía superado por los acontecimientos. Casi ni lo vio llegar. Sonrió con aire ausente.
—¿Cómo veis a los hombres? —preguntó al capitán.
—Nerviosos. Saben cuántos somos aquí y a lo que nos enfrentamos... Lucharán. En la ciudad quedan los suyos... Lucharán.


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Oficial de Vamurta

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1 comentario:

  1. ¿Y como no luchar por algo que es tuyo?

    Seguiré leyendo, está interesante.

    Un beso.

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