22 oct. 2009

Libro de fantasía épica, Vamurta. Capítulo I. VI

Libros de fantasía heroica. Antigua Vamurta es una novela de fantasía moderna, de hoy, disponible en descarga como ebook en formatos pdf, epub, mobi, kindle, para tablets, smartphones, lectores de ebooks, iphones, etc.

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 Capítulo 1
(fragmento 6)
Decidió cubrir el último tramo también a la carrera. Ya no podía esperar mucho más. La patrulla murriana hacía un momento que había desaparecido hacia el oeste. Sin más razones que lo retuvieran, se lanzó al vacío del campo abierto levantando un revelador golpeteo con sus sandalias, que repicaban contra la tierra arcillosa. Veía la pared de la muralla acercarse más y más, alta, inaccesible. Corría y algo lo desconcertaba. Dejó de correr. Ahora comprendía; por encima del silencio de aquel sector se levantaban los gritos de los soldados que, desde las almenas, lo coreaban. «¡Callad, callad!» No tuvo suficiente aliento para gritar, le faltaba aire. Por fin palpó las piedras, frescas, agradables. Apoyó la espalda en la muralla, ahogado.
—¡Subidme! ¡Tiradme una cuerda! ¡Rápido! —gritó, sorprendido por la firmeza con la que había lanzado su demanda.
—La estamos buscando —respondieron desde arriba.
Mientras esperaba, observaba a su alrededor, intentando encontrar en la noche alguna señal del enemigo.
—Aguardad un poco, un poquito más.

La luna sacó la cabeza detrás de unas nubes agrietadas. No se oía nada, excepto la lejana letanía del bombardeo. Tuvo la sensación de que el mundo había dejado de girar. Un instante de sosiego. Se escuchó el sibilino deslizamiento de una cuerda rozando la pared de la muralla. La agarró con fuerza, dispuesto a escalar los muros de su propio hogar.
Empezó la escalada con prudencia, buscando las grietas y los salientes en los bordes de los grandes sillares. Cuando apenas había ascendido hasta la altura de dos hombres, se detuvo para mirar a su alrededor. El corazón le dio un salto. Recortados a la luz de la luna, vio acercarse un grupo de murrianos, al menos una brigada, avanzando al trote. Él era un blanco fácil para los dardos del enemigo. «Morir o vivir», se dijo. No tenía sentido permanecer a la espera, quieto como un pequeño gorrión. Los pasos de sus enemigos perdían intensidad. Entendió que habían acudido para saber qué había levantando tanto alboroto. No demostraban tener una excesiva prisa. Siguió ascendiendo. El peso de su cuerpo por fin fue captado por los hombres de arriba. Comenzaron a izarlo como a un fardo. A cada tirón, sentía que se alejaba del peligro. Los murrianos permanecieron a la expectativa, quietos, vigilando aquel alejado tramo de muralla. Estaban ahí armados de lanzas cortas, las empuñaduras de las espadas sobresaliendo por encima de sus clavículas, los pequeños escudos adosados a sus vientres, inmóviles como espectros. Fue un golpe de mala suerte. Mientras lo subían, se desequilibró levemente y golpeó con la rodilla contra el muro. Una piedra del diámetro de un puño se desprendió y cayó contra las grandes losas de los muros, llamando la atención. Los soldados grises dejaron de tirar. Quedó en suspensión, a su suerte. Los murrianos, como animados por una señal secreta, cobraron vida de nuevo y se dirigieron hacia él. Era inútil esconderse.
—¡Tirad! ¡Tirad, malditos! —gritó con voz rota.
La cuerda se tensó de nuevo, alzándolo, sacudiéndolo. Escuchó unos silbidos, una excitación en la noche, un rápido galopar en la oscuridad. Luego, a su alrededor, unos golpes secos, un temblor. Sudaba, su corazón se había desbocado. En la oscuridad solo podía percibir las lanzas cuando la luna las hacía brillar un instante. Otro rebote, el cuarto le rozó el cuello. Desde las almenas empezaron a responder, se oía el zumbido de flechas cruzando la noche, haciéndola vibrar. Notó el desgarro. Un dolor agudo lo llenaba, retorciendo todos sus músculos. El punto de quemazón nacía en el muslo. La sangre brotaba de su pierna, deslizándose hasta sus pies. Vio el dardo, laxo, colgando de su carne. Miró abajo, los murrianos se retiraban arrastrando a dos de los suyos heridos. Lo siguieron izando, se mareaba, percibía cómo iba perdiendo la tensión en sus brazos, el cielo nocturno bailaba y volvía a girar...
Lo trasladaban por detrás de las almenas. Consiguió abrir los ojos. Había conseguido sostenerse, agarrado a esa cuerda. Dos mujeres de la guardia lo movían, arrastrándolo entre una multitud de soldados que se habían agrupado para ver al que sería el último hombre en romper el asedio.
—¿Es el Heredero? —preguntó una de las soldados a su compañera.
—No estoy segura... —respondió la otra resoplando—. Parece... Cuando lleguemos abajo. Hay antorchas.
Antes que lo bajaran por las escaleras de caracol que descendían hasta la calle, recuperó brevemente la consciencia. Miró hacia el interior de Vamurta, que se extendía alargada siguiendo la línea de la costa hasta el delta del río Llarieta, que alcanzaba el mar tranquilo y caudaloso. Vista desde la altura de la muralla, la ciudad parecía un inmenso rompecabezas, un laberinto infinito donde las líneas de manchas de las azoteas se rompían y se volvían a cruzar. Había pocas teas encendidas, pocas lumbres marcaban las irregulares líneas de las calles. Los grandes palacios permanecían en las sombras. El único edificio iluminado era la Ciudadela Condal, erigida sobre un suave promontorio, y el referente de aquella enorme trama urbana. Los altos muros casi inexpugnables del corazón del condado.
Recordó que, antes de desmayarse, lo tumbaron sobre una carreta tirada por hombres. Aquella paja olía a suciedad húmeda y a sangre. Aún aguantó el dolor durante un tramo sin perder el conocimiento. Su cabeza se poblaba de visiones. Conseguía retener imágenes fragmentadas mientras las ruedas de la carreta rodaban a trompicones. Algo le desconcertaba. ¡Ah! En la Cúpula Roja del templo de Onar no ardían las llamas sagradas y en el alto minarete de Sira no había luz. Y aquel silencio latente que traía el viento, otra vez. Los combates se habían calmado, como si los dos bandos, agotados, quisieran tomar un respiro. Ya no resonaban los ingenios de fuego del enemigo. Ya no se oía nada.
Sufría cada uno de los baches, cada salto de la carreta sobre las calles empedradas. Lo llevaban por la Avenida de la Victoria, una vía ancha flanqueada por los altos edificios de los prohombres de la ciudad. Veía los pequeños palacios de la nobleza y de los ricos mercaderes; pasaron por delante del Teatro de Vajarta, sostenido por las sesenta columnas de mármol verde... Aquella gran avenida rompía la red de las callejuelas de los distintos barrios, y trazaba un largo arco de oeste a este hasta llegar al mar, delante de las puertas del Palacio Condal. De repente lo comprendió: no se veía gente por la calle, cuando aún la noche era joven. No, nadie, todos debían de estar encerrados en sus casas o esperando poder embarcar en el puerto, implorando a los dioses. Esperando alguna noticia, alguna señal, convencidos que un milagro abriría las garras con las que los murrianos atenazaban su mundo.
 
Castillo fortaleza fantasia
Un castillo en el horizonte.

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1 comentario:

  1. Volví a seguir leyéndote... me tuviste en tensión hasta saber que escapaba.

    Un beso.

    http://tamaravillanueva.blogspot.com/

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