20 oct. 2009

Murrianos. Vamurta. Capítulo I. V

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Capítulo 1
(fragmento V)

«A ras de suelo los vio pasar y alejarse. Las antorchas de los enemigos brillaban sobre las láminas de sus delgadas armaduras, sobre sus rostros, haciéndolos más feroces. No gruñían, no hablaban. Era el repicar de sus pisadas y el tintineo de sus armas lo que le hacía apretarse contra el suelo, apabullado. Entre las espigas entrevió sus fornidos muslos, sus piernas esculpidas en acero. Lo que sería la tibia de los hombres era una extremidad muy estrecha, que descendía hasta una especie de pie negro y duro, parecido a una pezuña hendida. Sobre esa potencia descansaban unos tórax estrechos y largos, cubiertos con pectorales de cuero y metal, de los que salían unos brazos largos y nudosos, de pelo escaso.

Cuando la columna se alejaba pudo escuchar las voces de largas sílabas, estridentes, que emitían los murrianos. Solo comunicaban alguna orden, y aun así se estremeció. Ya estaba tan cerca... Podría dormir y comer. Los ruidos se alejaron. Giró el cuerpo y se tumbó de espaldas. Respiró todo el aire de la noche de una sola bocanada. Ahora contemplaba el infinito vidrio oscuro del cielo, las estrellas aparecían y se escondían tras las grandes y alargadas nubes, que como poderosas galeras cruzaban el firmamento absorbiendo la claridad de una luna titubeante. «Este es un buen lugar donde vivir —se dijo—, es mi corazón, mi tierra.» Aquella idea lo reconfortó, otorgándole suficiente fuerza para incorporarse de nuevo. Atravesó a gatas, con apenas luz, unos huertos arrasados, cerrados por paredes discontinuas hechas con pequeñas piedras, hasta llegar a un espacio donde crecían aquí y allí matorrales bajos y dispersos. Más allá se percibía la masa negra de la muralla de poniente, de la altura de doce hombres, hecha de formidables sillares encajados por el arte de los antiguos canteros de Vamurta. Se distinguían las pequeñas siluetas de los hombres de guardia recortadas contra un cielo casi negro, repartidos regularmente entre las almenas. Eran pocos porque la mayoría debían de encontrarse detrás de las ruinas de la Torre de Oriente, listos para hacer sangrante la toma de la ciudad.

En ese estado, entre el agotamiento y el retorno a una lucidez intermitente, el Heredero de Vamurta veía pasar ante sí imágenes y recuerdos cada vez más coherentes. Se preguntó por qué, tras tantos años de guerras, casi no conocían nada de aquella raza. Se decía que en las Colonias, especialmente desde su independencia, hombres de todas las clases y murrianos convivían en un mismo territorio y, cada vez con mayor frecuencia, compartían negocios, creaban rutas de comercio entre ciudades y aldeas en las que las mezclas dejaban de ser un hecho aislado. En la inmensidad de su condado, solo podía averiguar algo más de ellos por los prisioneros. No vivía en Vamurta un solo murriano, y en las alejadas marcas los contactos entre ambas civilizaciones eran escasos, casi siempre zanjados por la fuerza de las armas, con una violencia irracional.
Desde niño le había llamado poderosamente la atención las testas de sus enemigos, esas pequeñas astas sobresaliendo entre una larga cabellera de pelo áspero y de colores pajizos; el rostro, encerrado por líneas romboidales; sus ojos rasgados, normalmente amarillentos, a veces con un matiz de madera sucia; y sus pequeñas narices, orificios encastados entre sus largos bigotes, delgados y tensados como el cordaje de un laúd. De barbilla estrecha y boca carnosa, aquellos seres eran animales esbeltos y no muy altos, de corpulencia equivalente a un chico de diecisiete o dieciocho años. A pesar de esa grácil apariencia, los murrianos estaban dotados de una resistencia colosal, siendo capaces de presentar combate tras recorrer distancias considerables, distancias que las piernas del hombre gris solo soportarían con intervalos de descanso. La pesadilla, la obsesión del Heredero era la velocidad de sus enemigos, superior a cualquiera de los hombres más jóvenes y rápidos del condado. En combate, excepto los oficiales, los murrianos se protegían con pequeños escudos de madera forrados por una capa de medio dedo de metal, sobre la que dibujaban los emblemas de sus unidades. Sus cascos, en forma de gota y con dos pequeñas aberturas, acaban en un guardanucas de tela acolchada y recubierta de una fina coracina de hierro. Los murrianos tenían la virtud de la disciplina, formaban una civilización comunal, donde cada paso, cada nueva idea surgía del grupo, no del individuo. Quizás era aquella su mayor virtud y ello se reflejaba en su organización militar. Protegidos con uniformes de cuero que les llegaban hasta media pierna, y pectorales de lámina de acero, se ataban al cuello pañuelos de colores que ayudaban a identificar y movilizar las diferentes centurias en el caos de la batalla. Casi nunca escapaban ni se rendían, y era tarea improbable capturar esas bestias con vida.

Ya se encontraba cerca de los muros, aplastado contra el suelo frío. La noche se desparramaba sobre los campos y la urbe, transformando las formas del día en un solo plano oscuro. Creyó distinguir un sonido nuevo y lejano. Escuchó con mayor atención. Cuando las bombardas callaban le llegaba un rumor, una vibración semejante a la de una gran manada de búfalos en movimiento. No era una alucinación, a pesar de su enorme sed y cansancio. Era la gente de su ciudad. O el avance de un gran ejército. No, no, eran sus ciudadanos, se oían los llantos de los más pequeños, los ladridos de perros, voces de mujeres... ¿La ciudad huía hacia el mar?»


Enemigo puertas ciudad
La ciudad sitiada.

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1 comentario:

  1. Casi podía ver a los murrianos ante mí, dan miedo...

    Saludos, y ya lo dejo por hoy. Un besazo.

    http://tamaravillanueva.blogspot.com/

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