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| Fantasía Japonesa. |
Lo que me seduce de la literatura fantástica japonesa es su naturalidad para contar las historias más inverosímiles. Todo parece posible. Todo encaja y todo parece posible en sus cuentos fantásticos tradicionales.
Obras maestras del cine, como "El viaje de chihiro" o “El castillo ambulante”, del maestro Miyazaki no surgen de la nada.
La tradición está para ser descuartizada, claro está, pero el paso de los días te la devuelve, como un cadáver que llega a la orilla sin que nadie lo haya convocado.
Naturalidad, sencillez y hasta un punto de rotura. Por ejemplo, un tipo llamado Urashima Taro se monta sobre una tortuga marina y vista el Palacio del rey del mar, como si tal cosa; un viejo cortador de bambúes encuentra en un tallo a la Hija de la Luna y la adopta; o un niño gigante, Momotaro, decide ir a luchar contra los demonios que aterrorizan a sus vecinos y por el camino se le unen un mono, un perro y un faisán con el don del habla. En otro cuento fantástico, un tengu alarga su nariz varios kilómetros hasta llegar al patio de armas de unos samuráis. Y eso está contado como si fuera la cosa más normal del mundo.a
La serie de cuentos fantásticos que componen la tradición nipona poseen un grado de depuración estilística, una sencillez arrebatadora, bajo la cual, sospecho yo, descansan toneladas de descartes, de oraciones omitidas, de palabras que un día, en algún pueblo o al pie de algún templo tocado por el Sol Naciente, alguien o muchos, decidieron que eran prescindibles. Y así generación tras generación.
Al igual que los tankas o esos maravillosos ideogramas trazados con negra tinta, la concisión lo es todo.
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| La princesa se sacrifica. |
En el próximo post me gustaría citar algunos fragmentos de estos cuentos, hablar de los que más me gustaron, en aquella lejana infancia, ya fábula de fuentes, que diría Jorge Guillén.










