Hay personas con las que llegamos
a compartir un mundo secreto. Palabras, paseos, deseos y ceremonias que parecen
destinados a durar. Hasta que un día dejamos de reconocernos en aquello que
habíamos construido juntos. Y cada uno sigue inevitablemente por su lado.
¿Y qué queda entonces de todo lo
vivido? ¿Qué parte de nosotros se queda al otro lado?
Buena suerte es un poema
de No recuerdo Pergolesi (2026), un libro sobre el deseo, la memoria y
las formas inesperadas en que el pasado sigue acompañándonos.
Buena suerte
¿Acaso es justo que te señale
si nunca hablaste de amar?
¿Nos cubría un matiz trágico
o alguna vez nos impulsó la fortuna?
Repetíamos el paseo de hojas pobres
bajo los soles de la tarde esperando
las desesperadas mañanas feroces,
cuando medíamos nuestro ínfimo hogar.
Todo era, tú también, una enorme broma
frente a nuestro pánico por la realidad.
¿Te pude decir que las coincidencias
nos ataban más en nuestro mundo
que tildábamos de único, precioso y estético?
¡Lapislázuli! Ese era tu puente
y me sorprendía que el azar fuera
otra vez, un dardo oscuro.
Todavía mi memoria te conserva
alzando, cansada, la ceja,
emitiendo el dictamen de un sátrapa
que perdona o destripa la divergencia,
el amago de los humildes.
El azúcar. El deseo por sobrevolarnos.
El tiempo. A pesar de todo, aún me trastorna
tanta seducción. Tanto, tanto te quería.
Pocos fueron los secretos que te guardaste.
La intimidad era un campo literario
donde cabían referentes y maestros,
ángeles y letras de un valle fantástico.
Esa fue nuestra pequeña mesa de necios,
tedios y cafés homéricos
donde cocinábamos dioses y zurcías tus fábulas.
¿Qué esperabas de nuestros retornos a casa,
enfermos de luz, sucios de noche?
Querías un nuevo hombre, lo amamantabas,
modelando con dedos exigentes la carne
de alguien que sólo existía, entre pasillos
moribundos, en el salón que no supe encontrar.
No recuerdo cómo todo se desmoronó.
Encender la luz, el amor sin trampas.
Más tarde me llegaron fragmentos y ecos
de aquí y de allá, imágenes heridas
del espía defenestrado de palacio
que ya no comprende cómo viste la reina.
Años. Huracán que levanta piedras
para llevárselas muy lejos. Olvido.
Y no. Te muestras y te apagas, cada vez
más indefinido, mi buen amigo,
pez incoloro de un mar muerto.
Adiós. Hasta en la nada
nos costará reconocernos.
Notas
de lectura
En
Buena suerte, la construcción del poema se apoya en una voz que alterna
la evocación y la interrogación. Las preguntas retóricas introducen cambios de
dirección en el discurso: interrumpen la continuidad del recuerdo y abren un
espacio de incertidumbre. El poema no avanza tanto mediante una narración de
los hechos como a través de sucesivas aproximaciones a una experiencia que
permanece sin resolver.
En
el plano rítmico, la disposición de los versos y los encabalgamientos pueden
contribuir a esa sensación de pensamiento en movimiento. La frase poética no
siempre coincide con el límite del verso: continúa, se prolonga y obliga al
lector a avanzar antes de encontrar una pausa sintáctica completa. Este
procedimiento permite modular la lectura y evita que cada verso funcione como
una unidad cerrada.
La
musicalidad, por su parte, no depende necesariamente de la rima. También surge
de la alternancia entre frases interrogativas y enunciativas, de la extensión
de los versos, de las pausas y de la repetición de determinadas estructuras. El
ritmo reproduce así las oscilaciones de una conciencia que vuelve sobre lo
vivido, lo examina y vuelve a ponerlo en duda.
Las
imágenes del paseo compartido y de las hojas bajo el sol introducen una
dimensión sensorial y cotidiana. Frente al carácter abstracto de las preguntas
sobre el amor, el destino o la fortuna, estas imágenes proporcionan un espacio
concreto en el que situar la memoria. El contraste entre ambos registros
sostiene buena parte de la tensión del poema: lo vivido parece reconocible,
pero su significado continúa siendo incierto.
El
resultado es una composición que no pretende resolver retrospectivamente una
relación, sino explorar la distancia entre la experiencia y su interpretación.
El título, Buena suerte, adquiere entonces una resonancia ambigua: puede
aludir a la fortuna compartida, a la que faltó o a la dificultad de saber qué
papel desempeñó realmente en aquella historia.

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