Que mejor manera que el prólogo de un libro sea un cuento y no una tediosa lista de atributos, como si del prospecto de una aspiradora se tratara. Pues esto he hecho en el prólogo de 21 Cabezas y Relatos (2017), que a falta de amigos y por pereza de pedir favores he escrito yo. En realidad el prólogo ni tan siquiera es un cuento, funciona como breve cachondeo bajo la apariencia de ensayo sobre Dios. El riesgo es que algún creyente pueda sentirse ofendido. Espero que no. La intención no es provocar sino pensar pasando un buen rato. Poner en cuestión al Dios cristiano o al Dios musulmán o a los múltiples y multiformes dioses asiáticos. Porque, al fin y al cabo, nadie se cuestiona si los coloristas y arrebatados dioses griegos existen o no. O si los mágicos dioses vikingos realmente alguna vez caminaron sobre las heladas tierras escandinavas. Me veo preguntándole por ejemplo, a finales del siglo VII, a un vikingo barbudo si Thor es real o si solo existe en su cabeza....
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