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Mostrando entradas de 2020

Poema Urgencias

Urgencias La pandemia en Ciudad se arrastró hasta tocar lo más cotidiano. Nos han encerrado. Madera mojada. Como si lloviera a cántaros y no fuéramos capaces de adivinar cuándo el sol mostrará su hocico entre la maldad de las nubes. Las libertades conducidas, en nada. ¡Oh, señor mío! Pongo a sus pies mis derechos, esta ausencia de rebelión, a cambio de vagas palabras, una curación. En los hospitales trabajadores acorazados con tres milímetros de papel charol intentan taponar la brecha volcánica, la muerte borboteando, extasiada en su poder. En las cabezas de los moradores de Ciudad estallan consignas sin fin. ¡Son héroes! ¡Héroes! ¡Un aplauso! Perversa sonrisa de esta satrapía de libertad. Hacer creer, viejo truco, a la carne de cañón que son ángeles de la tribu. Muertos, pulmones mutilados con aliento de ruiseñor, a fin de que el desastre no desborde el desastre. Mañana Ciudad no llorará a los que no están. Serán dejados ...

Confinamiento

Confinamiento Huyo de las paredes del estómago que se cierran sobre mí, puño de la monotonía, para ir al supermercado. Día glacial de abril, cielo de bolsas de plomo, lluvia y viento de alta mar azotan Ciudad, tan vacía que los pocos que habitan las calles son faros lejanos, son, en el horizonte de un cruce, tótems aturdidos caídos de las estrellas. Sí, casi todos vivos y sanos, olvidados por el azar que gobierna el aliento de la pandemia. Quizás hasta que este arcano dios de la destrucción llame hoy o el año que viene a nuestra puerta. Volver al medievo sin la humildad de antaño. Cangrejos de río que han reculado hasta la oscuridad de las rocas, algo ha agitado con violencia el suave discurrir del río, y que apenas asoman las pértigas para saber cuándo se extinguirá el peligro. En los hospitales, úteros de cristal para la vida, los sanitarios luchan con mareas de enfermos, que por los pasillos se desbordan. Sanitarios como sorprendidos soldados, con escasa munición, ...

Vuelvo a ser peligroso

Ahora que llevo unos días sin trabajar, encerrado para que no me pille por la calle el coronavirus, me doy cuenta de las pasmosas energías que todos invertimos en ganarnos el sustento. No hablo tanto de horas como de energías. Eso de llegar a casa, tras la jornada de trabajo, y darte cuenta de que no tienes alma para más. Descansado, vuelvo a ser peligroso. He recuperado el escribir según una rutina y no a ratos, que es lo llevo haciendo en los últimos años. Escribir es plasmar lo que no se ve. Que tus dedos crucen la gasa de lo invisible. Tantear algo que no es evidente. Y con mucha suerte conseguir traer un fragmento de vuelta. Ni que sea para dejar una leve pátina. Lo intuido. Así escribo poesía.

Nadie

Acabo de subir a casa. Son casi las once y media de la noche. He paseado unos cinco minutos. Por primera vez en mi vida no he visto a nadie. Nadie. No ha pasado ningún coche. No he visto humano alguno. Se oía el crujir de las ramas de los árboles, la risa de un niño tras una ventana, el crepitar de las neveras de los bares, el viento golpeando las persianas de los locales, hojas y papeles bailando sobre las aceras. El crujir de mis propios pasos. Nadie. Calles completamente vacías, el cielo nocturno amenazando con más lluvia, una nueva música para la ciudad. Nadie, por primera vez, nadie.

Ayer fui al hospital y vi a Coronavirus

No lo puede eludir. Una familiar muy mayor se había caído en casa y se había abierto la cabeza. Uasaps, llamadas, mensajes. Tuve que ir hacia aquel hospital con muchas prisas, un hospital de tamaño medio de Barcelona, cruzando en coche una ciudad fantasmagórica. Así, cerca de las ocho de la tarde subí la rampa del aparcamiento del hospital y aparqué justo delante de la puerta en el momento en que el crepúsculo expira. Apareció un guardia de seguridad. Caballero, sabía usted que ... Le expliqué que nos había llamado una doctora pidiendo que nos la lleváramos en menos de dos horas. Que era muy peligroso que se quedara ingresada a pesar de la caída y la brecha en la cabeza. Riesgo de infección de coronavirus. Los hospitales son zona de riesgo máximo. El vigilante me dijo que dejara el coche ahí, que ningún problema. Era el único coche del aparcamiento. Un aparcamiento de hospital vacío.  Subí las escaleras hasta la sala de espera de urgencias, un gran espacio acristalado con vis...

Quédense en casa.

Quédense en casa. Estoy fumando un cigarrillo en el patio de mi casa. Rodeado de otras celdas de humanos que ascienden hacia el cielo. Son las seis y algo de la tarde en Barcelona. Hay muchas teles encendidas a la vez, muchas voces de lata. Me pregunto si la nicotina y el coronavirus serán buenos amigos. Los canales de televisión están tomados por los expertos. Los expertos nos dicen lo que debemos hacer. Quédense en casa. Mamá, yo de mayor no quiero ser ni juez, ni policía, ni médico. Quiero ser experto. Quédense en casa. No salgan. Cierren bien las puertas. Las voces de los expertos se cruzan en el aire como moscas que sobrevuelan la carroña. No toquen a nadie, no le den la mano. Sobre todo, no salgan de casa. Los besos son cosas del ayer. Quédense en casa.