Salto del helicóptero y en un rápido rapel acedo al techo de la biblioteca. Desactivo las alarmas. Abro una trampilla y me deslizo hacia abajo como un gusano en vaselina. Con pasos mesurados, tomando aire, me escabullo, avanzo sin ser visto. Llego a la sección de Poesía de la Biblioteca de Sagrada Familia. Es cuando el bibliotecario, que me tiene visto, me dice: «oye Igor, si vienes a coger libros, entra por la puerta, hombre. Es menos trabajo e igualmente nadie te verá entrar ni salir». Me doy cuenta que tiene razón. De repente me siento ridículo vestido así, como un Ninja de serie B, con las mallas negras compradas en los chinos, las cuerdas, los mosquetones y la cara tapada. Me cambio y lo guardo todo en una bolsa de El Corte Inglés, que para estas cosas son muy útiles. Me concentro en los libros. Tomo libros siguiendo el método de Tirofijo (sí como ese comandante de las FARC). Cojo libros de Blai Bonet, Pushkin (me aburrirán solemnemente), Syzmbroska, asombrosa siempre. Y luego a...