5 minutos
Al
mediodía, antes de seguir
tengo cinco
minutos. No duermo.
Tumbado en
la cama, dejo que el aire
corra del
balcón hasta la ventana,
rozándome
el cuero de la espalda.
Miro mi
parcela de cielo
encajada
entre paredes negras.
Es un trozo
de verdad,
una parcela
viva que en invierno
filtra
rayos blandos y en verano
luz
directa, muy limpia.
Dejo que
los ojos se cierren
mientras
miro atrás y apenas adelante,
repasando
las cosas importantes:
la ropa que
se amontona,
los
cordones desatados de los zapatos,
el gato
durmiendo en el país de lo incierto.
Son cinco
minutos la felicidad
y no hay
que pensar demasiado.
El sueño se
esconde, las cuentas
se vacían y
los líderes, la nación,
son poca
cosa.
Abro los
ojos,
mi parcela
es blanca.
El café
sube y es la hora
de dejar
caer el lienzo
y lograr
que el hierro despierte.
