Relatos Fantásticos de Vamurta
Séptima y última parte del relato perteneciente al mundo épico de Antigua Vamurta, "Un día y una noche", la historia de Ermesenda.
«Cuando corrió hacia la salida del teatro, pensó que ni tan siquiera había sellado su despedida con un beso. Un beso que empezaba a maldecir y añorar. Corría y corría. Al alcanzar la salida, hizo una señal a sus guardias y doncella, y sin mediar palabra volvieron hacia el palacio de sus padres. Ermesenda, horrorizada, intentaba contener las lágrimas, mientras apretaba con más fuerza las manos pequeñas de su dama de compañía, que la sujetaba, mirándola de reojo, angustiada por el estado descompuesto de su señora.
Cuando, por fin, alcanzó la seguridad cotidiana de su gran habitación, se encerró, pasando la balda. ¿Qué había hecho? ¿Qué tipo de locura la había arrastrado, sin salvación, hacia aquel hombre que la había poseído como un toro, llevándola hasta la cima, hasta creer poder tocar las estrellas? Lloraba pensando en Jacobo, en su vil traición. Traidora, era eso, esa palabra infame la definía como nunca ninguna otra. Se hubiera destripado si hubiese podido, pensó en lanzarse por el balcón, ese fondo negro agujereado por los destellos de la luna que iba retirándose. Se levantó de la cama, desesperada, sin control sobre sus actos.
Llamaron a la puerta. Ermesenda se quedó paralizada. ¿Ya venían a buscarla para un escarnio público? No quería ver a nadie, no quería abrir.
—Soy tu madre –oyó—. Ábreme, abre y abrázame.
Ermesenda corrió hacia la puerta como una niña, levantó la balda y se lanzó a los comprensivos brazos de quien la trajo al mundo. “Niña, ¡qué te ha pasado!”. Ermesenda lloraba con fuerza.
La tuvo en su regazo buena parte de la noche, consolándola y vigilándola.
—Madre –dijo—. Quiero volver al Castillo de Sinta, quiero volver a pasear por los campos…
—¿Tan mal ha ido?
Bien entrada la mañana, tuvo un horrible despertar. Su cabeza la condenaba a constantes punzadas y su alma se había desangrado. Salió al balcón, que la noche anterior podría haber sido su última puerta. En la Avenida, el bullicio era el de un día cualquiera, vital y escandaloso, como si una jauría de perros estuvieran ahí debajo disputándose una carnaza. El sol de verano la apabulló, hasta obligarla a volver a dentro. Un sirviente pidió permiso para entrar y le comunicó que su padre la esperaba en el comedor. “Ahora sí que estoy perdida”, pensó.
Se vistió y bajó por la escalinata del atrio del Palacio, que con el sol alto aparecía bañado de luz, haciendo más brillante el majestuoso limonero que ascendía hasta el segundo piso. Llegó al comedor. Su padre, con expresión preocupada, aguardaba, inmóvil en el sillón de señor de la casa.
—Siéntate, siéntate –dijo con voz suave—. No sé qué pasó ayer y poco me preocupa desde que llegó esta carta.
Ermesenda tomó el sobre que le ofrecía, un sobre de papiro suave, observando que el sello de cera había sido partido y la misiva leída. Aquello era una invitación para una recepción privada que se celebraría en la Ciudadela, con presencia del Conde y su esposa, junto con su primogénito. Ahora sabía quién era el joven de la máscara de oro.
—¿Sabes qué significa esto? ¿Entiendes cuáles son las consecuencias si aceptas la invitación? –preguntó su padre, mesándose la barba encanecida—. ¿Y las consecuencias si no aceptas ir?
Ermesenda entendía perfectamente todo el significado de aquella invitación. El heredero la pretendía.
De repente se vio encumbrada en puesto más alto del mundo que conocía, se vio en la cumbre. ¿Y Jacobo? Tuvo un momento de duda, pero si no accedía, su familia y ella misma quedarían defenestrados de por vida, y seguro que, tarde o temprano, se conocería lo que pasó durante el baile de máscaras. “O quizás no”, pensó también. Si aceptaba, pasaría a estar más allá del bien y del mal, todopoderosa para decidir, ensalzar o tachar. Cubierta de oro, piedras y fabulosos vestidos de seda, y nadie jamás podría acusarla de nada con el ejército condal a sus pies.
Respiró profundamente. Su padre, al mirar aquellos ojos rasgados y decididos, supo que su hija había tomado partido.»







